Cristóbal Arteta Ripoll.
Este libro es el resultado de mis clases, reflexiones, debates y textos escritos a lo largo de mi carrera académica.
Desde la perspectiva eurocéntrica siempre se nos habla, con mucho énfasis, de cuatro modelos éticos: del modelo aristotélico o de las virtudes, del modelo kantiano o de los principios aprioris, del modelo utilitarista inglés o del modelo pragmatista norteamericano. Por lo regular, se omite hablar de un modelo tan importante, como los anteriores, como lo es el modelo ético liberacionista nacido de las entrañas del filosofar latinoamericano. Pero no son solo cinco los modelos, son muchos los que se pueden señalar y caracterizar a través de la historia de la filosofía, pero los agruparemos utilizando las categorías de espacio, tiempo y lugar sin desconocer matices diferenciales entre sus principales representantes.
Cómo caracterizar el modelo antiguo?
El modelo filosófico y ético de la antigüedad se caracteriza como un “humanismo teleológico” —es decir, un pensamiento que pone al ser humano como centro, pero siempre orientado hacia un fin superior: la eudaimonia (felicidad o realización plena).
Los griegos (sobre todo Sócrates, Platón y Aristóteles) no separaban ética de ontología: vivir bien es conocerse y actuar según la naturaleza propia, no según reglas externas. Algo así: No hay moral sin metafísica; la virtud no es un código, es una armonía del alma con el cosmos.
En el caso romano (Cicerón, Séneca), es una ética práctica, casi estoica: El sabio no escapa al dolor, lo atraviesa con virtud. La antigüedad no era “religiosa” en sentido moderno, sino religiosa en el sentido de religare —unir al hombre con lo eterno mediante la razón y el deber. En pocas palabras: la antigüedad no nos da recetas; nos da un mapa del alma —y si lo seguimos, llegamos a ser libres, no por rebeldía, sino por plenitud.
¿Cómo caracterizar el medieval?
El medieval, es un “humanismo teocéntrico” —no ya el hombre como fin, sino como imagen de Dios, un ser que solo se entiende dentro de un orden divino.
La filosofía medieval no es “oscura” ni “dogmática”: es una razón iluminada por la fe. Tomás de Aquino, por ejemplo, no opone razón y revelación; las une en una armonía jerárquica: la razón sube hasta donde puede, y la fe completa el salto. La ética medieval no es obediencia ciega —es obediencia inteligente.
El pecado no es solo “hacer lo malo”, sino desordenar el alma: romper la relación con Dios, con los demás y consigo mismo. Por eso la virtud no es esfuerzo solitario, sino participación en la gracia. Y el fin no es la eudaimonia griega, sino la beatitud eterna —un gozo que no se acaba.
Lo que más hay que destacar es esto: En la Edad Media no se buscaba ser ‘feliz’ aquí abajo; se buscaba ser santo, y la santidad era la felicidad verdadera. El medieval nos enseña que la libertad no es hacer lo que quieras, sino hacer lo que debes —y hacerlo con amor. Un mapa del alma, sí, pero ahora con un centro que no es el yo: es el Tú divino.
¿Cómo caracterizar el renacentista?.
El renacentista, es un “humanismo antropocéntrico” —el hombre vuelve a ser el centro, pero ya no como en Grecia (teleológico), ni como en la Edad Media (teocéntrico). Ahora es el hombre como creador, como obra de arte viviente.
El Renacimiento no es solo “recuperar a los clásicos”: es releerlos con ojos nuevos. Pico della Mirandola, por ejemplo, lo dice claro: el hombre no tiene naturaleza fija; es plástico, puede subir hacia lo divino o caer hacia lo bestial. La libertad ya no es armonía con el cosmos —es autocreación.
Éticamente, ya no hay una virtud única (la griega) ni una gracia que todo lo salva (la medieval). Ahora la moral es estética: ser bueno es ser bello, equilibrado, culto. Maquiavelo lo lleva al extremo: “La virtud ya no es santa, es eficaz”. Y Montaigne, en cambio, lo suaviza: “No busco la verdad absoluta; busco vivir bien —con duda, con placer, con humildad”.
Es una paradoja: El Renacimiento nos devuelve la dignidad del hombre, pero a costa de despegarlo del cielo. Ya no hay un fin eterno garantizado; el fin lo inventamos nosotros. Es un mapa del alma donde el centro ya no es Dios ni el cosmos: es el yo, con toda su gloria y su riesgo. Ahí empieza la modernidad: cuando la pregunta deja de ser “¿qué debo ser?” y pasa a ser “¿qué quiero ser?”.
¿Cómo caracterizar el moderno?
El moderno, es un “humanismo autónomo” —el hombre ya no busca un fin fuera de sí mismo: se convierte en su propio fin, su propia ley, su propio dios.
La modernidad nace cuando Descartes grita “cogito ergo sum”: yo pienso, luego existo. Ahí se rompe el vínculo con el cosmos griego, con Dios medieval, con la belleza renacentista.
Ahora todo parte del sujeto: la razón no ilumina, construye. Kant lo lleva al límite: “La moral no viene de la naturaleza ni de la revelación; viene del imperativo categórico —una voz interior que manda sin pedir permiso”.
Éticamente, ya no hay virtud como armonía, ni santidad como gracia, ni belleza como equilibrio. La ética se vuelve procedimental: “Haz lo que puedas justificar universalmente”, dice Kant. Y luego viene el utilitarismo: “Haz lo que maximice el placer, minimice el dolor”. El bien ya no es un estado del alma; es un cálculo.
Lo que más duele es esto: La modernidad nos liberó de dogmas, pero nos esclavizó al yo. Ya no hay mapa del alma; hay un GPS egoísta que dice: ‘tú decides, tú vales, tú eres el centro’. Y el precio: soledad, nihilismo, ansiedad. Porque cuando el hombre es todo, Dios se vuelve opcional y el mundo, un objeto.
La modernidad no es progreso; es desgarro. Un mapa donde el centro se volvió vacío —y donde la libertad, sin anclaje, se vuelve abismo. Vivimos libres, pero no sabemos ¿para qué?
¿Cómo caracterizar el del siglo XIX?.
El siglo XIX, es el “humanismo histórico” —el hombre ya no es solo sujeto pensante (como en la modernidad cartesiana), sino sujeto en movimiento, atrapado y liberado por la historia.
Hegel lo resume todo: la razón no es estática; es dialéctica, un proceso de tesis, antítesis y síntesis donde el espíritu se va realizando a sí mismo. La ética ya no es un código eterno —es el progreso mismo. Marx lo radicaliza: la moral no viene de Dios ni del yo, sino de las condiciones materiales; ser bueno es luchar por la clase oprimida, no por un alma abstracta.
Y luego está Nietzsche: el siglo XIX no solo mata a Dios, sino que mata al hombre viejo para que nazca el superhombre. La virtud ya no es obediencia, ni cálculo, ni armonía —es voluntad de poder, afirmación total de la vida, incluso con su crueldad.
El del siglo XIX es como una explosión: el hombre se vuelve creador de valores, pero también destructor de todo lo que antes lo sostenía.
Pero he aquí otra paradoja: El siglo XIX nos dio la ilusión del progreso infinito, pero nos dejó sin brújula. La historia ya no es providencia divina, ni destino griego; es caos con dirección —y nosotros, los que la hacemos, terminamos exhaustos.
Es el momento en que la pregunta ética pasa de “¿qué debo hacer?” a “¿qué puedo hacer?” —y luego a “¿qué quiero hacer, aunque el mundo se derrumbe?. Un mapa del alma donde el centro ya no es Dios, ni el yo, ni la razón: es el tiempo, y el hombre, un pasajero que cree ser el conductor.
¿Cómo caracterizar el del siglo XX?.
El siglo XX, es el “humanismo fragmentado” —el hombre ya no es un todo coherente, sino un mosaico roto: sujeto, objeto, lenguaje, deseo, poder, absurdo.
Este modelo empieza con Freud: el yo no manda, es un campo de batalla entre instinto, represión y superyó. Luego viene Heidegger: el ser no es cosa, es Dasein, un estar-ahí arrojado al mundo, angustiado por la nada. La ética ya no es norma —es cuidado (Sorge), pero un cuidado sin meta fija.
Sartre lo lleva al extremo: “El hombre está condenado a ser libre”, y esa libertad es náusea, porque no hay esencia previa, solo existencia cruda. Camus, en cambio, lo suaviza: el absurdo no se resuelve, se rebela —y la ética es seguir viviendo a pesar de todo, con lucidez y sin esperanza.
Pero hay un giro posmoderno extraordinario: Foucault, Derrida, Lyotard. Ahí la razón se desmorona; no hay verdad grande, solo discursos, poder disfrazado de conocimiento. La virtud ya no es virtud —es resistencia a la norma, deconstrucción, ironía. El bien se vuelve relativo: “todo vale si lo dices con estilo.
Y el precio: El siglo XX nos quitó el centro —Dios, razón, historia, yo— y nos dejó en el vacío. Ya no hay mapa del alma; hay un laberinto sin salida, donde la libertad es tan absoluta que se vuelve insoportable. No es pesimismo: es diagnóstico. El hombre del XX no busca ser bueno; busca ser auténtico —aunque no sepa qué significa eso. Y en ese no-saber, está la única esperanza: que del fragmento nazca algo nuevo, aunque sea solo un grito.
¿Cómo caracterizar el posmoderno?.
El posmoderno, es el “humanismo disuelto” —el hombre ya no es un centro, ni siquiera un fragmento: es un eco, un juego de signos, un simulacro que se mira en espejos rotos.
Ese modelo empieza cuando Lyotard declara la muerte de los grandes relatos: no hay progreso, no hay revolución, no hay verdad universal. Solo pequeños relatos, locales, contingentes. Foucault lo clava: el poder no es represión, es producción —nos fabrica sujetos, nos hace hablar, nos hace desear de cierto modo. La ética ya no es búsqueda de bien —es juego de máscaras, resistencia sutil, ironía permanente.
Y Derrida: todo texto se deshace, todo significado se difiere. “No hay fondo, solo textura”. Baudrillard va más lejos: vivimos en hiperrealidad, donde la realidad es un copy-paste de imágenes, y la moral se vuelve estética de la simulación —ser bueno es ser interesante, no verdadero.
Pero lo que más duele es esto: La posmodernidad nos liberó de la tiranía del sentido, pero nos dejó sin suelo. Ya no hay mapa del alma; hay un collage infinito, donde todo se vale porque nada vale. La libertad ya no es abismo: es superficie, un deslizarse sin peso, sin destino.
El modelo posmoderno no es malo ni bueno: es vacío elegante. El hombre no busca ser auténtico (como en el XX), ni siquiera ser libre —solo ser visto, ser viral, ser meme. Y en ese vacío, dice, queda una pregunta: ¿podemos amar, sufrir, morir, cuando ya no creemos en nada?. Ahí, en la respuesta —que no llega—, está el último resto de humanidad.
¿Cómo caracterizar el liberacionista?.
El modelo filosófico y ético liberacionista —, es un “humanismo desde abajo”, un pensamiento que no parte del cielo ni del yo, sino del sufrimiento real del oprimido. No es teoría pura; es teología de la praxis, donde la verdad no se contempla, se libera.
Se deduce así:
El liberacionismo nace en América Latina (Gutiérrez, Boff, Dussel), pero su raíz es bíblica y marxista a la vez. Dios no es un juez lejano: es el Dios de los pobres, el que se revela en el grito del esclavo, del indígena, del obrero. La ética no empieza en el ‘yo pienso’, sino en el ‘me matan’. La filosofía ya no es especulación; es diagnóstico de la injusticia y anuncio de la liberación.
El centro no es el individuo autónomo (moderno), ni el discurso (posmoderno), ni el progreso (siglo XIX): es el otro herido. La virtud no es armonía ni eficiencia —es solidaridad militante, un compromiso que cuesta sangre, no likes. Y la libertad no es elegir opciones; es romper cadenas —las del capital, del racismo, del patriarcado— para que el otro también pueda ser sujeto.
Lo más fascinante es la inversión: Mientras la modernidad nos hizo dioses solitarios, el liberacionismo nos hace hermanos en lucha. No hay salvación sin los demás; la beatitud no es eterna, es histórica: un mundo donde nadie muera de hambre ni de bala.
Y el riesgo: que la praxis se vuelva dogma, que el grito se convierta en ruido. No es utopía barata; es la única ética que no miente. Porque si no liberas al pobre, tu filosofía es solo un lujo.
En resumen: un mapa del alma donde el centro ya no es el yo ni Dios abstracto —es el rostro del crucificado, y el camino, no la contemplación, sino la resurrección colectiva.
¿Cómo caracterizar el actual?.
El actual —llamémoslo “humanismo acelerado” o “post-postmoderno”—, es un “humanismo digital” sin centro, pero con velocidad: el hombre ya no se pregunta quién es, sino qué puede ser en tiempo real, en un feed que nunca para.
La posmodernidad dejó el vacío; ahora lo llenamos con datos y algoritmos. No hay grandes relatos, pero sí micro-relatos que se viralizan: el yo se construye en likes, en stories, en filtros. La ética ya no es ironía ni deconstrucción —es optimización: ser bueno es ser eficiente, ser útil, ser trending. La virtud es engagement, no verdad.
Hay tres capas:
Primero, el transhumanismo: el cuerpo ya no es límite; es proyecto. No buscamos santidad ni autenticidad —buscamos upgrades.
Segundo, el capitalismo de la atención: la moral se reduce a consumo ético —compra verde, dona en redes, sé solidario en 280 caracteres.
Tercero, la ansiedad existencial: sin Dios, sin razón, sin historia, solo queda el ahora, y el ahora es agotador. Vivimos en un eterno presente donde la libertad es elegir entre opciones prefabricadas.
Lo que más me inquieta es la paradoja: Nos liberamos del peso del sentido, pero ahora cargamos el peso de ser siempre visibles. El alma ya no tiene mapa —tiene dashboard. Y el bien no es un fin; es un métrico.
Estamos en un interregno: entre la muerte de lo viejo y el nacimiento de algo que aún no sabemos nombrar. Quizá la ética futura no sea volver al pasado, sino aprender a pausar —a desconectarnos un segundo, a mirar sin pantalla, a amar sin likes. Ahí, podría empezar algo nuevo: no un humanismo nuevo, sino un humano viejo, pero con wifi.
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