Cristóbal Arteta Ripoll.
La reciente designación de Viviane Morales como ministra de Educación por parte del presidente electo, Abelardo de la Espriella, ha encendido las alarmas en el alma académica y social del país.
Antes de asumir formalmente la cartera, sus declaraciones ya trazan una hoja de ruta preocupante: la promesa de «sacar a Marx de las escuelas y meter a Dios» y la abierta hostilidad hacia la Federación Colombiana de Educadores (Fecode).
Esas premisas no solo denotan un profundo sesgo ideológico y dogmático, sino que amenazan con despojar a la educación de su esencia fundamental: el acto de libertad.
Desde la antigüedad clásica, los sofistas entendieron que la educación era una herramienta de emancipación a través del logos, de la palabra y el debate.
Siglos después, la tradición crítico-latinoamericana y liberacionista, de la mano de pensadores como Paulo Freire, consolidó la idea de que educar no es depositar verdades absolutas en mentes pasivas, sino despertar la conciencia crítica del sujeto frente a su realidad.
Cuando se pretende sustituir el pluralismo por el dogma religioso o político, la educación deja de ser un espacio de liberación y se convierte en un mecanismo de domesticación. Una educación que no es libre, que no es crítica, es una educación sometida y secuestrada que condena a la sociedad al estancamiento.
Por otro lado, el anuncio de intervenir o neutralizar la organización sindical docente evoca de manera directa el análisis de Michel Foucault en Vigilar y castigar. Reemplazar los contrapesos gremiales por una vigilancia estatal directa transforma las escuelas en panópticos modernos, donde el maestro ya no es un facilitador del pensamiento libre, sino un funcionario vigilado, temeroso de desviar el guion oficial. El control de los cuerpos y los discursos en el aula busca la docilidad política, no el crecimiento intelectual.
Colombia es un territorio históricamente convulsionado, atravesado por una multiplicidad de fuerzas de izquierda, derecha, sectores radicales y moderados. Pretender gobernar el sistema educativo desconociendo este tejido plural con ínfulas de homogeneización doctrinal es jugar con fuego.
Si las políticas del nuevo gobierno no se adaptan a la realidad de la diversidad del país y persisten en la imposición de una agenda de pensamiento único, el panorama institucional y social se tornará insostenible. La educación debe seguir siendo el espacio donde quepan todas las preguntas, no donde se impongan todas las respuestas.
Además, dado que la Constitución de 1991 consagra a Colombia como un Estado laico, imponer una visión religiosa en la educación pública vulnera el pluralismo constitucional. Bajo un régimen democrático, ello no es posible.
Intentar someter a la Federación colombiana de educadores (Fecode), es desconocer la realidad política y sindical del país. Si bien todo sindicato y sistema educativo requiere veeduría y debate sobre la calidad de la enseñanza, la solución nunca debe ser el sometimiento o el castigo foucaultiano, sino el diálogo democrático.
Desconocer esa premisa es ignorar la historia de las luchas sindicales, políticas y sociales que han caracterizado a Colombia a través de su historia.
Es correr innecesariamente el riesgo de polarizar aún más un país convulsionado como Colombia y lograr que todo el movimiento sindical y estudiantil logren un gran frente para defender la escuela como territorio libre.
La educación no puede ser un botín ideológico ni un aparato de control y domesticación. Educar es, éticamente, un acto de libertad para la libertad y la democracia.
Barranquilla, 5 de julio de 2026.
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