Página universitaria- nueva época
Cristóbal Arteta Ripoll
Nací en una casa de pajas, ubicada detrás de la iglesia de San José de Saco, en parto atendido por una comadrona, un 16 de noviembre, cuatro meses y 23 días antes de la muerte de Jorge Eliécer Gaitán. Mi madre Corina Isabel Ripoll Jímenez y José Trinidad Arteta Vargas siempre me hablaron de que no esperaban tener un hijo más después de mi hermana Sonia. Soy el último de diez, y ya quedamos vivos solo dos hombres y dos mujeres.
Pero no me siento viejo, aunque me vea tal. Cuando alguien me pregunta por la edad siempre le respondo: “tengo la edad de la mujer que amo”. Una respuesta hecha a la medida de mi comprensión del mundo y lo que representa mi finitud y mi intelección ética sobre la realidad humana.
Por primera vez sentí la vejez pasar al frente, el día del reconocimiento que hizo la Universidad del Atlántico a 64 profesores con más de 40 años de servicio, entre los cuales, por supuesto, estaba yo. Y debo reconocer que fue ese acto el que me estimuló a hablar y a escribir sobre un tema que había pasado por mi cabeza, pero que no generaba preocupación alguna en mí.
Por esa razón, hoy voy hablar de la vejez y, por lo tanto, voy hablar como un viejo que no se siente viejo procurando que el joven que llevo dentro, a manera de “un genio maligno”, no interfiera y distorsione mis sentimientos.
Como viejo profesor siento que en un “eterno retorno” he seleccionado los mejores momentos de mi vida académica y los repito incansablemente no en forma rectilínea y circunvalar, sino a manera de espiral enriqueciendo cada día mis experiencias y transmitiendo a mis discípulos los mejores mensajes de superación personal en cada encuentro. La grata satisfacción que siento es el afecto con que me saludan y se dirigen a mí cuando los encuentro en cualquier lugar o en las redes sociales. Es un “eterno retorno” no de lo mismo, sino más de lo mismo y más variado. Es un movimiento no circular sino en espiral.
Como profesor viejo, terminando la tercera edad de mi periplo vital, comprendo y siento que he dado todo lo que tengo a mis hijos y a mis estudiantes en el aula y fuera de ella no tanto para transmitir fríos conocimientos que reposan en anaqueles de las bibliotecas y que circulan en internet, sino para algo más importante aún: formar buenos y eficaces ciudadanos para servirse a sí mismos, a su familia y a la sociedad.
En las últimas décadas, la expectativa de vida ha aumentado considerablemente, a tal punto que hoy se habla de la cuarta edad, a partir de los ochenta, y, es casi imposible hablar de la vejez a los sesenta. Cuando Cicerón escribió sobre la vejez, siendo sexagenario, era porque a esa edad la persona se consideraba vieja. Para esa época, a los 80 años la decrepitud era la constante en la caracterización del viejo, si era que llegaba a ser octogenario.
Hoy es distinto, el umbral de la vejez se ha retrasado y a los sesenta esta angustia existencial es solo burocrática por haber llegado a la edad del disfrute de la pensión. Pero no es una vejez biológica. La vejez fisiológica, discurre a partir de los ochenta gracias a factores tales como la preocupación por el saber, los avances en la medicina, el esmero generalizado por una mejor alimentación y la práctica gimnástica y deportiva. Pero existe también la vejez psicológica que ataca a jóvenes que se comportan como viejos y se sienten viejos, y, es tal vez, la más preocupante porque puede terminar en el suicidio. Jóvenes que se sienten viejos y viejos que se sienten jóvenes parece ser la contradicción existencial de la psicología humana. Hay gente vieja a los 18 y gente joven a los 90.
Confieso que nunca me he sentido viejo. Me veo viejo, pero me siento joven. Pero no por ello rechazo y detesto el espejo y las fotos. Me encanta dejar en la historia las huellas del pasado. Es ese sentir joven, el “Alan vital”, que me impulsa y anima a comportarme como joven sin complejos ni prejuicios metafísicos, religiosos, morales o físicos. Que si las canas, que mira con quién andas, que no te da pena, que cómo vistes …, nada de eso me acompleja ni detiene. Uno se siente feliz haciendo lo que le agrada y cómo quiere hacerlo sin dañar la libertad y dignidad del otro. Cuando me preguntan por el secreto de mi vitalidad en el gimnasio, jugando fútbol, en el aula de clase, subiendo escaleras para subir hasta 5 y 6 pisos les respondo: resuelve estas tres preguntas ¿qué pienso?, ¿qué como? y ¿qué hago? Ese es el secreto de mi secreto.
Ya en muchos países se discute sobre la necesidad de alargar la edad de jubilación y permitir que el octogenario trabaje, no importa si está o no jubilado. Pero como la ausencia o falta de trabajo es la constante en el mundo capitalista, este se ve obligado más bien a proyectar su vida laboral en forma independiente con ingenio y creatividad colaborando con sus hijos, familiares y amigos en las novedades del emprendimiento.
El tiempo pasa inexorablemente y la vida se acaba. Por esa razón hay que vivir cada instante como el último y primer momento de la vida entera.
No hay otra: Amor Fati, “amor al destino», y Carpe Diem «aprovechar el día».
Barranquilla, 23 de mayo de 2023.

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