Cristóbal Arteta Ripoll.
El fútbol en Colombia siempre operó como el último refugio de la tregua social. En un país históricamente fragmentado por la violencia y el sectarismo, los noventa minutos en los que jugaba la Selección funcionaban como un pacto de paz tácito: la bandera y la camiseta amarilla nos pertenecían a todos por igual. Sin embargo, la campaña presidencial de 2026 terminó por fracturar ese último espacio de consenso unánime.
La coincidencia del calendario electoral con el fervor futbolístico abrió la puerta a una estrategia tan vieja como peligrosa: la patriotización de una facción política.
Al apropiarse de los símbolos patrios y convertir la camiseta de la Selección en el uniforme de una campaña, se cruzó una línea delicada. Lo que nació para unir terminó convertido en un factor de segregación; el mensaje implícito era devastador: si no estás conmigo, no solo eres mi contradictor político, sino un enemigo de los símbolos de la patria.
Anatomía de la apropiación de la Identidad.
La tensión alcanzó su punto máximo cuando la campaña de la derecha radical, liderada por Abelardo de la Espriella, adoptó de manera sistemática y masiva la indumentaria de la Selección Colombia como su principal distintivo visual. La respuesta de la izquierda oficialista de Iván Cepeda no se hizo esperar, denunciando lo que consideraban un oportunismo inconstitucional y un intento de secuestrar la identidad nacional para fines particulares.
Este fenómeno, con claros ecos de lo vivido en el Brasil de Jair Bolsonaro, dejó en evidencia que en la era de la hiperpolarización ni siquiera los símbolos deportivos están a salvo de la lógica del enemigo interno. La Federación Colombiana de Fútbol se vio obligada a pedir que el equipo de todos se mantuviera al margen de la contienda, pero el daño simbólico ya estaba hecho.
El resultado de las urnas reflejó con precisión matemática esa fractura: una victoria estrecha para De la Espriella por apenas unos 300,000 votos, dejando al país partido exactamente a la mitad.
El divorcio de los ídolos con su origen: La paradoja de la Selección.
Dentro de este entramado político, un elemento adicional profundizó la herida en el corazón del pueblo: la postura de los referentes de la Selección Colombia. Resulta dolorosamente paradójico que figuras que hoy gozan de la gloria y la opulencia del fútbol internacional, y cuyos orígenes se hunden en las realidades más profundas de la pobreza y la exclusión en Colombia, hayan asumido una actitud hostil y de rechazo frente a un proyecto político progresista.
Para amplios sectores sociales, esta actitud fue leída como un acto de desconexión y desmemoria. Mientras el gobierno saliente intentaba consolidar cambios estructurales históricamente negados a esas mismas periferias de donde salieron estos deportistas, evidenciando avances en inversión social, tierras y oportunidades para los sectores populares, el silencio o el guiño explícito de los ídolos hacia las narrativas del establecimiento tradicional se sintieron como una bofetada.
El mensaje implícito para los futbolistas es un llamado a la memoria histórica: el éxito económico y los privilegios de la élite global no deberían borrar el recuerdo de las carencias del barrio o de la vereda. Darle la espalda a las transformaciones que benefician a los nadies de los que alguna vez formaron parte, solo para encajar en los discursos de los sectores más privilegiados, constituye un lamentable desaire a sus propias raíces.
Derroteros: Los caminos hacia el futuro.
Con el panorama electoral definido y un nuevo gobierno en el horizonte, Colombia se enfrenta a desafíos estructurales para evitar que la tensión social se desborde. Los derroteros clave para navegar este momento son:
El Respeto estricto a las reglas de juego (La Institucionalidad).
El primer paso fundamental para la estabilidad del país fue el reconocimiento de los resultados. A pesar de los duros cuestionamientos iniciales del presidente saliente, Gustavo Petro, hacia el sistema de preconteo y el conteo el paso dado por Iván Cepeda al aceptar públicamente el triunfo de De la Espriella traza un derrotero de madurez democrática. Mantener los reclamos y las veedurías estrictamente dentro de los cauces legales y los escrutinios oficiales es la única garantía para evitar un incendio social en las calles.
Oposición sólida pero concurrente.
Iván Cepeda ha anunciado una «oposición democrática, vigilante y constructiva», pero también ha dejado sobre la mesa la posibilidad de acudir a la «resistencia y desobediencia civil pacífica» ante posibles recortes de derechos o libertades. El gran reto de la oposición será canalizar el descontento de la mitad del país mediante las instituciones (el Congreso, las cortes y la protesta pacífica), sin caer en narrativas de deslegitimación total que paralicen el Estado.
La moderación del discurso presidencial.
Para el presidente electo, Abelardo de la Espriella, el derrotero más urgente es entender que ya no es el candidato de un sector, sino el mandatario de todos los colombianos. Su retórica combativa de campaña, caracterizada por promesas de mano dura extrema y ataques frontales al proyecto progresista, debe transitar hacia un discurso de gobernabilidad real. Gobernar un país fracturado por la mitad con el espejo retrovisor o con el lenguaje de la exclusión es una receta directa para la inestabilidad social.
El retorno a la cohesión y la memoria colectiva.
La sociedad civil y sus referentes , incluidos los deportistas, tienen la tarea de rescatar sus espacios comunes.
Despolitizar el fútbol es vital, pero también lo es exigirle a quienes ostentan el micrófono de la idolatría que actúen con responsabilidad social. La camiseta de la Selección debe volver a ser una prenda que represente las luchas de todo un pueblo y no el escudo de un sector que prefiere olvidar de dónde viene.
Reflexión final:
Las elecciones pasan, los gobiernos terminan, pero la nación permanece. Si permitimos que las dinámicas de campaña arrasen con los pocos símbolos de unidad que nos quedan, nos exiliaremos de nuestra propia identidad.
El verdadero «milagro» que necesita Colombia en este cuatrienio no es el triunfo absoluto de una ideología sobre otra, sino la capacidad de reconocernos como compatriotas legítimos compartiendo la misma cancha, sin olvidar jamás de dónde venimos ni a quiénes nos debemos.
Barranquilla, 8 de julio de 2026.
Ellen Sierra Morales/ Grupo 1
Este texto de Cristóbal Arteta le da justo en la médula a algo que muchos sentimos este año: cuando la política se mete en la cancha, el país entero pierde un lugar para respirar.
Lo más duro del artículo es esa idea de «la camiseta partida en dos». Por décadas la Selección fue el único espacio donde el apellido, la clase y el voto no importaban. 90 minutos y éramos solo colombianos. Que una campaña la convirtiera en uniforme de partido no es un detalle menor. Es usar el símbolo más transversal que nos quedaba para decirle al otro: «si no votas como yo, no eres de los nuestros». Y eso, como bien señala el texto, es receta para la segregación.
Hay dos puntos que me parecen clave y que valen la pena discutir:
1. *La responsabilidad de los símbolos*: La Federación pidió despolitizar, pero llegó tarde. En época de hiperpolarización todo se vuelve arma: un himno, una bandera, una camiseta. Brasil 2018 ya nos había dado el manual. Colombia 2026 lo repitió. Urge blindar institucionalmente esos espacios. El fútbol no puede seguir siendo botín de campaña.
2. *La paradoja de los ídolos*: Es cierto que duele ver a jugadores que salieron de barrios y veredas guardando silencio o alineándose con discursos que niegan las mismas oportunidades que hoy los llevaron a Europa. No se les puede exigir un carné político, pero sí memoria. El privilegio no debería borrar el origen. Y al mismo tiempo, tampoco podemos convertirlos en voceros obligatorios. Ahí está el equilibrio: exigir responsabilidad social sin cancelar su derecho a pensar distinto.
Los «derroteros» que propone el artículo me parecen sensatos. Sobre todo el de institucionalidad. Con un resultado tan cerrado, 300 mil votos de diferencia, el país no aguanta 4 años de guerra total. Aceptar el resultado, hacer oposición en el Congreso y no en la calle, y que el presidente electo hable como mandatario de todos y no solo de los que lo vistieron de amarillo. Eso es lo mínimo para que no se nos rompa el país.
Al final, coincido con la reflexión final: los gobiernos pasan, la nación se queda. Si dejamos que cada elección nos robe un símbolo más de unidad, nos vamos a quedar sin país que celebrar cuando gane la Selección.
El milagro no es que gane una ideología. El milagro es volver a caber todos en la misma tribuna.
Esta columna pone el dedo en la llaga sobre cómo la hiperpolarización devoró el último espacio que considerábamos sagrado y neutral en Colombia: el fútbol. Como estudiantes y jóvenes que vivimos con pasión cada partido de la Selección, resulta sumamente doloroso ver la lucidez con la que describe la «patriotización» de una campaña. Convertir la camiseta amarilla en el uniforme de un solo sector político —un fenómeno idéntico al que sufrió Brasil con la indumentaria de la *canarinha*— no fue una simple estrategia de marketing; fue un despojo simbólico. El mensaje implícito de la campaña de Abelardo de la Espriella fue perverso: si no llevas sus banderas, eres un enemigo de la patria. El hecho de que las urnas hayan dejado al país partido exactamente a la mitad, por apenas 300.000 votos, demuestra que esa fractura estética se tradujo en una división matemática y profunda en la sociedad.
La paradoja que plantea sobre la desconexión de los ídolos de la Selección con sus orígenes es un golpe de honestidad histórica que resuena con fuerza en las clases populares. Es inevitable sentir un sinsabor cuando figuras que salieron de las periferias más golpeadas por la exclusión y la pobreza muestran hostilidad o indiferencia frente a proyectos que buscan llevar tierras, inversión social y oportunidades a esos mismos territorios de donde ellos brotaron. El texto acierta éticamente al recordarles que el éxito en la élite global no debería borrar la memoria de las carencias del barrio o de la vereda. Darle el guiño al establecimiento tradicional que históricamente ha perpetuado la desigualdad se siente, para las comunidades que aún sufren el olvido, como una bofetada y una renuncia a sus propias raíces.
Por otro lado, el mapa de navegación que traza para el porvenir post-electoral demuestra una enorme madurez institucional. En medio de un panorama tan tenso, el paso dado por Iván Cepeda al reconocer la estrecha victoria de De la Espriella, a pesar de los ruidos del preconteo, es el derrotero que evitó un incendio social inmediato. Como futuros profesionales del Caribe, entendemos que la oposición fiscalizadora y la resistencia civil pacífica son herramientas legítimas, pero deben canalizarse a través de las cortes, el Congreso y las calles sin asfixiar la gobernabilidad. Del mismo modo, la advertencia al presidente electo es tajante: gobernar a media Colombia con la retórica incendiaria de la campaña o pretendiendo imponer una mano dura que ignore las demandas de la otra mitad es una receta directa para la inestabilidad.
Finalmente, este escrito es un llamado urgente a desintoxicar la identidad colectiva. Las elecciones ya pasaron, los gobiernos tienen fecha de caducidad, pero la nación y el tejido social permanecen. Exigirle responsabilidad social a quienes tienen el micrófono de la idolatría no es censurarlos, es pedirles coherencia con el pueblo que los llevó a la gloria. Despolitizar el fútbol y rescatar la camiseta como un símbolo que nos cobije a todos es una tarea cultural prioritaria. Esta columna nos invita, desde la academia y la ciudadanía, a entender que el verdadero milagro para el cuatrienio que arranca no es el exterminio ideológico del contrario, sino la capacidad de reconocernos como compatriotas compartiendo la misma cancha, sin olvidar jamás de dónde venimos ni a quiénes nos debemos.
Excelente apreciación, la comparto; mi respeto y admiración siempre a la buena pluma. Y, lamentable tener que reconocer que, por primera vez en toda mi vida no me emocioné con nuestra Selección y no me dolió su eliminación, es un hecho que me provocó la postura y actitud de los jugadores de dicha Selección frente a una ¡niña!, la hija del presidente, que sólo quería una foto con sus admirados; eso fue inadmisible e incoherente; como lo dijo el Profe Arteta en el presente comentario, los Jugadores se olvidaron de sus «origenes», así es la ignorancia… Abrazos Profe.
El texto plantea una reflexión sobre cómo la polarización política puede llegar a afectar incluso aquellos espacios que tradicionalmente han servido para unir a los colombianos, como el fútbol. Su idea central es que la apropiación de símbolos nacionales por parte de sectores políticos puede profundizar las divisiones sociales y debilitar el sentido de identidad colectiva. Al mismo tiempo, expresa una postura crítica hacia algunos deportistas por sus posiciones políticas y hace un llamado a que los líderes, tanto del gobierno como de la oposición, actúen con responsabilidad democrática. Aunque el artículo presenta opiniones y valoraciones que pueden ser debatidas, invita a reflexionar sobre la importancia de respetar las diferencias, proteger las instituciones y recuperar espacios de encuentro para construir una sociedad más unida.
Amigo Arteta buen escrito sobre un simbolo patrio me agrada esta publicacion lo felicito
Al leer este texto, siento que plantea una reflexión importante sobre la manera en que la política puede llegar a ocupar espacios que antes servían para unir a los colombianos. En mi opinión, el fútbol debería seguir siendo un escenario de encuentro, donde las diferencias políticas queden a un lado y prevalezca el orgullo de representar al país. Cuando los símbolos nacionales son identificados con un solo sector, existe el riesgo de que muchas personas dejen de sentirse representadas por ellos.
También considero valioso el llamado a la memoria y a la responsabilidad social de quienes tienen una gran influencia, como los deportistas. Aunque cada ciudadano tiene derecho a expresar libremente sus opiniones políticas, creo que las figuras públicas deben ser conscientes del impacto que sus mensajes pueden tener en una sociedad tan polarizada.
Finalmente, comparto la idea de que Colombia necesita fortalecer el respeto por las instituciones, el diálogo y la convivencia democrática. Más allá de las diferencias ideológicas, pienso que el mayor reto es aprender a reconocernos como parte de un mismo país, entendiendo que el bienestar colectivo debe estar por encima de la confrontación política.
analiza cómo, durante la campaña presidencial colombiana de 2026, el fútbol dejó de ser un símbolo de unidad nacional para convertirse en un elemento de confrontación política. Tradicionalmente, la camiseta de la Selección Colombia representaba un espacio donde todos los ciudadanos podían sentirse identificados, sin importar sus diferencias ideológicas. Sin embargo, al ser utilizada como símbolo de una campaña política, perdió ese carácter integrador y pasó a representar solo a un sector.
El autor señala que la campaña de Abelardo de la Espriella adoptó la camiseta de la Selección como parte de su estrategia, mientras que el sector encabezado por Iván Cepeda criticó esta apropiación por considerar que utilizaba un símbolo nacional con fines partidistas. Esta situación, similar a lo ocurrido en Brasil durante el gobierno de Jair Bolsonaro, reflejó el alto nivel de polarización política del país.
Otro aspecto que aborda el texto es la postura de algunos jugadores de la Selección Colombia. El autor considera contradictorio que deportistas que crecieron en contextos de pobreza hayan mostrado apoyo o cercanía hacia sectores políticos tradicionales, lo que para muchos representó un alejamiento de sus orígenes y de las necesidades de los sectores populares.
Finalmente, el autor plantea varios caminos para superar la polarización: respetar los resultados electorales y las instituciones democráticas, ejercer una oposición responsable y pacífica, promover un discurso de unidad por parte del nuevo gobierno y recuperar el fútbol como un espacio de encuentro nacional. Concluye que la camiseta de la Selección debe volver a simbolizar a todos los colombianos y no convertirse en un instrumento de división política, pues la nación debe estar por encima de las diferencias ideológicas.
Después de leer este texto, considero que plantea una reflexión muy importante sobre la realidad que vive Colombia. En mi opinión, es preocupante que el fútbol, un espacio que durante muchos años logró unir a personas con diferentes ideas, creencias y posiciones políticas, también haya terminado siendo parte de la polarización. Creo que los símbolos nacionales deben representar a todos los colombianos y no convertirse en herramientas de una campaña o de un sector político.
También pienso que los deportistas, por la influencia que tienen en la sociedad, deberían actuar con responsabilidad y recordar siempre sus raíces. Aunque tienen derecho a expresar sus opiniones, sus acciones y mensajes pueden impactar a millones de personas, por lo que es importante que promuevan el respeto y la convivencia.
Finalmente, este texto me deja la enseñanza de que ninguna diferencia política debería estar por encima de la unidad del país. Considero que Colombia necesita más diálogo, respeto y disposición para escuchar al otro. Solo así podremos superar la polarización y construir una sociedad donde las diferencias no nos dividan, sino que fortalezcan nuestra democracia y nuestra identidad como nación.
Aquí tienes una versión más natural, como si realmente la hubieras escrito tú:
Este artículo me hizo pensar en cómo la política puede influir en cosas que antes unían a las personas, como el fútbol. Me parece que la Selección Colombia debería representar a todos los colombianos sin importar sus ideas políticas, porque el deporte es un espacio para compartir y no para generar más divisiones.
También me llamó la atención el mensaje sobre la importancia de respetar las diferencias y buscar el diálogo después de unas elecciones. Aunque el autor expresa su punto de vista, considero que deja una reflexión importante: no debemos permitir que la polarización nos haga perder el sentido de pertenencia y los pocos espacios de unión que todavía tenemos como país. Al final, todos hacemos parte de la misma Colombia y eso debería estar por encima de cualquier diferencia política.
Este artículo me hizo pensar en cómo la política puede influir en cosas que antes unían a las personas, como el fútbol. Me parece que la Selección Colombia debería representar a todos los colombianos sin importar sus ideas políticas, porque el deporte es un espacio para compartir y no para generar más divisiones.
También me llamó la atención el mensaje sobre la importancia de respetar las diferencias y buscar el diálogo después de unas elecciones. Aunque el autor expresa su punto de vista, considero que deja una reflexión importante: no debemos permitir que la polarización nos haga perder el sentido de pertenencia y los pocos espacios de unión que todavía tenemos como país. Al final, todos hacemos parte de la misma Colombia y eso debería estar por encima de cualquier diferencia política.
El escrito me deja una idea y me parece muy importante el hecho que ningún país puede avanzar si sigue dividido y si todo termina convirtiéndose en una pelea política. Me gustó que insistiera en recuperar los espacios que nos unen, porque al final símbolos como la Selección Colombia deberían representar a todos los colombianos, sin importar la forma en que piensen o por quién voten.
También considero acertado el llamado a la responsabilidad de las figuras públicas, quienes tienen tanta influencia sobre la sociedad deberían ser conscientes del impacto de sus palabras y evitar alimentar la polarización, pero sin embargo, creo que esa responsabilidad no recae únicamente en ellos sino también en los líderes políticos, los medios de comunicación y en cada ciudadano, ya que todos contribuimos al ambiente que se vive en el país.
Comparto la idea de que las elecciones son pasajeras, pero el país permanece si seguimos viendo al otro como un enemigo, será muy difícil construir una sociedad más unida. Colombia necesita aprender a debatir con respeto, reconocer sus diferencias y recordar que por encima de cualquier ideología compartimos la misma historia y el mismo futuro.
Nunca había estado más de acuerdo con un artículo del profesor Arteta. Me parece muy ofensivo que un símbolo que durante tantos años nos unió, como la camiseta de la Selección Colombia, hoy termine asociado con un partido político. Como menciona el autor, lo que antes representaba unión ahora se ha convertido en un elemento más de la división del país.
Los símbolos patrios deberían pertenecer a todos los colombianos y no identificar a un sector político en particular. En mi opinión, incluso debería existir algún tipo de restricción para impedir que sean utilizados como herramientas de campaña, ya que representan a toda la nación y no a una ideología específica.
Personalmente, esta campaña me da la impresión de estar más enfocada en generar impacto mediático y construir la imagen de un personaje público que en promover un verdadero debate político.
Debemos dejar de utilizar estos símbolos para profundizar la polarización, porque la identidad nacional debe estar por encima de las diferencias ideológicas. Solo así podremos conservar los pocos espacios que aún nos unen como país.
El texto plantea una reflexión sobre los riesgos de mezclar el deporte con la política en un contexto de alta polarización. El autor sostiene que la apropiación de la camiseta de la Selección Colombia por un sector político debilitó uno de los pocos símbolos de unidad nacional que aún permanecían. Aunque algunas de sus valoraciones sobre los actores políticos y los futbolistas son claramente opinativas, el mensaje central invita a pensar en la importancia de preservar espacios comunes que permitan el diálogo y la convivencia democrática. En ese sentido, la lectura recuerda que la competencia política no debería convertir a los símbolos nacionales en herramientas de división, sino mantenerlos como elementos que representen a todos los colombianos, independientemente de sus diferencias ideológicas.
Al leer esta reflexión, siento que plantea una preocupación válida sobre el riesgo de que la polarización política termine alcanzando incluso los pocos espacios que históricamente han servido para unir a los colombianos. En mi opinión, el fútbol debería seguir siendo un punto de encuentro donde las diferencias ideológicas queden en un segundo plano y prevalezca el sentido de pertenencia a un mismo país.
También considero importante el llamado a la memoria y a la responsabilidad de quienes, por su reconocimiento público, influyen en millones de personas. Al mismo tiempo, creo que el debate político debe darse con respeto por la pluralidad, entendiendo que en una democracia cada ciudadano, incluidos los deportistas, tiene derecho a expresar sus convicciones sin dejar de asumir la responsabilidad que implica su influencia.
Me quedo con la idea central de que Colombia necesita reconstruir puentes más que profundizar divisiones. Más allá de quién gobierne, el verdadero desafío es aprender a convivir con quienes piensan diferente, defender las instituciones democráticas y recuperar aquellos símbolos que nos recuerdan que, antes que adversarios políticos, somos compatriotas.
Después de leer este artículo, considero que nos invita a reflexionar sobre un problema que va mucho más allá de la política o del fútbol: la pérdida de aquellos espacios que antes nos permitían sentirnos unidos como nación. En lo personal, me preocupa que un símbolo tan representativo como la camiseta de la Selección Colombia pueda convertirse en un elemento de división y confrontación entre los colombianos.
También creo que el texto hace un llamado importante a la responsabilidad de los líderes políticos, de los deportistas y de la ciudadanía. Todos tenemos derecho a expresar nuestras ideas y preferencias políticas, pero eso no debería significar apropiarnos de los símbolos que pertenecen a todo el país ni convertir al que piensa diferente en un enemigo.
Me quedo con la reflexión final porque me recuerda que los gobiernos son pasajeros, mientras que Colombia permanece. Pienso que el mayor reto que tenemos como sociedad no es demostrar quién tiene la razón, sino aprender a convivir con respeto, fortalecer la democracia y recuperar aquello que nos une por encima de nuestras diferencias.
El texto plantea una reflexión necesaria sobre los desafíos de la gobernabilidad en un contexto de polarización electoral. Resulta acertado el llamado a transitar de la retórica de campaña a un discurso de unidad nacional, así como la invitación a recuperar símbolos comunes que trasciendan las divisiones ideológicas. La referencia al fútbol como espacio de cohesión social es particularmente relevante en el caso colombiano, aunque habría que matizar la idea de «despolitizar» el deporte, dado que este ha funcionado históricamente como arena de disputa política. En conjunto, el escrito ofrece una contribución valiosa al debate sobre la construcción de nación en el cuatrienio entrante, al recordar que las elecciones pasan, pero la nación permanece.
No puedo evitar ver los noventa minutos de este partido entre Colombia y Suiza como la extensión simbólica del drama que acabamos de padecer en las urnas. Al ver rodar el balón, me percaté de que ya no asistía a ese viejo ritual de tregua social donde la camiseta amarilla nos cobijaba a todos por igual, sino a un escenario profundamente politizado, donde cada jugada parecía cargada con el peso de la reciente e hiperpolarizada campaña entre De la Espriella y Cepeda. El resultado del encuentro frente a los suizos, más allá del marcador de la cancha, termina operando en mi subjetividad como un frío correlato de nuestro presente: un reflejo de esa Colombia partida matemáticamente a la mitad, que intenta buscar en el grito de gol una cohesión perdida, pero que tropieza constantemente con el recuerdo de la instrumentalización de sus propios símbolos patrios. Esta jornada me deja una certeza dolorosa: el verdadero partido de nuestra generación no se juega en los estadios europeos ni lo resuelven los ídolos desmemoriados de la élite global; se disputa en la cotidianidad de nuestras aulas y comunidades, donde tenemos la urgencia ética de desarmar los discursos de segregación para que el fútbol vuelva a ser el espejo de nuestras luchas populares y no el uniforme de la exclusión.
Me parece un análisis muy acertado sobre cómo la política en Colombia terminó por fracturar el último refugio de unión que nos quedaba: el fútbol. Es preocupante ver cómo la camiseta de la Selección pasó de ser un símbolo de paz social a convertirse en una herramienta de campaña y segregación. Ante un país que quedó dividido exactamente a la mitad, como dice el profesor al final, urge despolitizar el deporte, moderar los discursos de los líderes y respetar las instituciones si queremos evitar que la polarización social se desborde.
El fútbol en Colombia, históricamente el último refugio de unión y tregua social frente a la violencia, sufrió una profunda fractura durante la campaña presidencial de 2026 debido a la politización de sus símbolos. La campaña de derecha radical, liderada por Abelardo de la Espriella, adoptó masivamente la camiseta de la Selección como su distintivo visual, lo que provocó la denuncia de la izquierda oficialista de Iván Cepeda por el secuestro de la identidad nacional, en un fenómeno similar al vivido en el Brasil de Bolsonaro. A pesar de los llamados de la Federación Colombiana de Fútbol para mantenerse al margen, el daño simbólico se tradujo en las urnas con una ajustada victoria de De la Espriella por apenas 300,000 votos, dejando al país dividido a la mitad. Esta polarización se profundizó aún más ante la paradoja de los ídolos de la Selección, quienes, a pesar de haber surgido de contextos de pobreza y exclusión, asumieron una postura de rechazo y hostilidad frente al proyecto político progresista.
El artículo describe algo que dolió y que vimos todos: la camiseta amarilla dejó de ser de todos para volverse de unos contra otros.
Lo que pasó es simple y grave. En plena campaña para la segunda vuelta del 21 de junio y a días del Mundial 2026, el candidato Abelardo de la Espriella usó la camiseta de la Selección como símbolo de campaña. Miles salieron a votar vestidos de amarillo. Del otro lado, Iván Cepeda cuestionó el uso y pidió a la FCF pronunciarse.
La FCF respondió lo obvio y lo triste: no puede prohibir el uso de una prenda que cualquiera compra, pero lamentó que un símbolo de disciplina y trabajo en equipo termine en controversias ajenas al deporte.
Arteta conecta esto con la polarización. La camiseta que antes nos unía en Samper, Pastrana o Santos, ahora divide. Como pasó en Brasil con Bolsonaro, el fútbol se volvió bandera de un bando. Hasta hubo tutela y orden judicial para que no se usara.
La pregunta de fondo: ¿qué pasa cuando hasta los símbolos patrios se politizan? Que perdemos el único espacio donde aún nos sentíamos nación. El fútbol servía para salir de la polarización petrismo-antipetrismo. Hoy la reproduce.
En corto: cuando la camiseta se parte en dos, el país también. Y si no cuidamos esos símbolos que nos unen, nos vamos a quedar sin nada en común para gritar juntos.
El artículo muestra cómo el fútbol en Colombia dejó de ser solo deporte para convertirse en un reflejo de la polarización política. La metáfora de «la camiseta partida en dos» explica que así como hay hinchas de Nacional vs Millonarios que no se toleran, hoy tenemos ciudadanos que se ven como enemigos por pensar diferente. El problema no es la pasión, es que esa pasión se volvió odio y anuló el diálogo. El texto invita a pensar que si en un estadio podemos gritar el gol del rival y seguir vivos, en política también deberíamos poder disentir sin descalificar. El gran aporte es unir dos temas que parecen distintos para explicar la crisis social actual.
El artículo invita a reflexionar sobre las consecuencias de mezclar el deporte con la política, señalando que el fútbol, que durante mucho tiempo fue un símbolo de unión para los colombianos, terminó siendo utilizado como parte de la confrontación política. El autor considera que apropiarse de la camiseta de la Selección para representar una ideología genera más división que unidad. Además, enfatiza la importancia de que tanto los dirigentes como la sociedad promuevan el diálogo, el respeto por las diferencias y la defensa de los valores democráticos, con el fin de fortalecer la convivencia y recuperar aquellos símbolos que pertenecen a todos los ciudadanos.
El debate sobre la memoria histórica en las élites del deporte, en el apartado sobre el divorcio de los ídolos con su origen, pone el dedo en la llaga sobre una contradicción ética inevitable. Resulta sintomático cómo los deportistas de élite global, a pesar de provenir de las periferias más afectadas por la exclusión, adoptan posturas hostiles o de absoluto silencio frente a proyectos políticos que buscan reformar estructuralmente esas mismas zonas de origen. Este fenómeno no es solo un reflejo de desconexión individual, sino también de cómo el éxito económico asimila a los individuos a las narrativas del establecimiento tradicional. Exigirles responsabilidad social y memoria histórica a quienes ostentan semejante nivel de influencia es un paso necesario para desmitificar la idea de que el deporte es un ecosistema aislado de la realidad social del país.
El análisis acerca de la ruptura entre las figuras deportivas y sus raíces expone una tensión ética ineludible. Es muy evidente cómo muchos atletas de renombre internacional, habiendo crecido en los entornos más vulnerables y marginados, deciden ignorar o rechazar las propuestas políticas que intentan transformar la realidad de esas regiones. Esta situación va más allá de un simple distanciamiento persona, si no que demuestra cómo el ascenso financiero e intelectual termina alineando a las personas con los discursos del poder tradicional. Por lo tanto, pedirle compromiso social e identidad histórica a quienes tienen tanto impacto público es indispensable para dejar de ver al deporte como una burbuja ajena a los problemas del país.