Cristóbal Arteta Ripoll.
El fútbol en Colombia siempre operó como el último refugio de la tregua social. En un país históricamente fragmentado por la violencia y el sectarismo, los noventa minutos en los que jugaba la Selección funcionaban como un pacto de paz tácito: la bandera y la camiseta amarilla nos pertenecían a todos por igual. Sin embargo, la campaña presidencial de 2026 terminó por fracturar ese último espacio de consenso unánime.
La coincidencia del calendario electoral con el fervor futbolístico abrió la puerta a una estrategia tan vieja como peligrosa: la patriotización de una facción política.
Al apropiarse de los símbolos patrios y convertir la camiseta de la Selección en el uniforme de una campaña, se cruzó una línea delicada. Lo que nació para unir terminó convertido en un factor de segregación; el mensaje implícito era devastador: si no estás conmigo, no solo eres mi contradictor político, sino un enemigo de los símbolos de la patria.
Anatomía de la apropiación de la Identidad.
La tensión alcanzó su punto máximo cuando la campaña de la derecha radical, liderada por Abelardo de la Espriella, adoptó de manera sistemática y masiva la indumentaria de la Selección Colombia como su principal distintivo visual. La respuesta de la izquierda oficialista de Iván Cepeda no se hizo esperar, denunciando lo que consideraban un oportunismo inconstitucional y un intento de secuestrar la identidad nacional para fines particulares.
Este fenómeno, con claros ecos de lo vivido en el Brasil de Jair Bolsonaro, dejó en evidencia que en la era de la hiperpolarización ni siquiera los símbolos deportivos están a salvo de la lógica del enemigo interno. La Federación Colombiana de Fútbol se vio obligada a pedir que el equipo de todos se mantuviera al margen de la contienda, pero el daño simbólico ya estaba hecho.
El resultado de las urnas reflejó con precisión matemática esa fractura: una victoria estrecha para De la Espriella por apenas unos 300,000 votos, dejando al país partido exactamente a la mitad.
El divorcio de los ídolos con su origen: La paradoja de la Selección.
Dentro de este entramado político, un elemento adicional profundizó la herida en el corazón del pueblo: la postura de los referentes de la Selección Colombia. Resulta dolorosamente paradójico que figuras que hoy gozan de la gloria y la opulencia del fútbol internacional, y cuyos orígenes se hunden en las realidades más profundas de la pobreza y la exclusión en Colombia, hayan asumido una actitud hostil y de rechazo frente a un proyecto político progresista.
Para amplios sectores sociales, esta actitud fue leída como un acto de desconexión y desmemoria. Mientras el gobierno saliente intentaba consolidar cambios estructurales históricamente negados a esas mismas periferias de donde salieron estos deportistas, evidenciando avances en inversión social, tierras y oportunidades para los sectores populares, el silencio o el guiño explícito de los ídolos hacia las narrativas del establecimiento tradicional se sintieron como una bofetada.
El mensaje implícito para los futbolistas es un llamado a la memoria histórica: el éxito económico y los privilegios de la élite global no deberían borrar el recuerdo de las carencias del barrio o de la vereda. Darle la espalda a las transformaciones que benefician a los nadies de los que alguna vez formaron parte, solo para encajar en los discursos de los sectores más privilegiados, constituye un lamentable desaire a sus propias raíces.
Derroteros: Los caminos hacia el futuro.
Con el panorama electoral definido y un nuevo gobierno en el horizonte, Colombia se enfrenta a desafíos estructurales para evitar que la tensión social se desborde. Los derroteros clave para navegar este momento son:
El Respeto estricto a las reglas de juego (La Institucionalidad).
El primer paso fundamental para la estabilidad del país fue el reconocimiento de los resultados. A pesar de los duros cuestionamientos iniciales del presidente saliente, Gustavo Petro, hacia el sistema de preconteo y el conteo el paso dado por Iván Cepeda al aceptar públicamente el triunfo de De la Espriella traza un derrotero de madurez democrática. Mantener los reclamos y las veedurías estrictamente dentro de los cauces legales y los escrutinios oficiales es la única garantía para evitar un incendio social en las calles.
Oposición sólida pero concurrente.
Iván Cepeda ha anunciado una «oposición democrática, vigilante y constructiva», pero también ha dejado sobre la mesa la posibilidad de acudir a la «resistencia y desobediencia civil pacífica» ante posibles recortes de derechos o libertades. El gran reto de la oposición será canalizar el descontento de la mitad del país mediante las instituciones (el Congreso, las cortes y la protesta pacífica), sin caer en narrativas de deslegitimación total que paralicen el Estado.
La moderación del discurso presidencial.
Para el presidente electo, Abelardo de la Espriella, el derrotero más urgente es entender que ya no es el candidato de un sector, sino el mandatario de todos los colombianos. Su retórica combativa de campaña, caracterizada por promesas de mano dura extrema y ataques frontales al proyecto progresista, debe transitar hacia un discurso de gobernabilidad real. Gobernar un país fracturado por la mitad con el espejo retrovisor o con el lenguaje de la exclusión es una receta directa para la inestabilidad social.
El retorno a la cohesión y la memoria colectiva.
La sociedad civil y sus referentes , incluidos los deportistas, tienen la tarea de rescatar sus espacios comunes.
Despolitizar el fútbol es vital, pero también lo es exigirle a quienes ostentan el micrófono de la idolatría que actúen con responsabilidad social. La camiseta de la Selección debe volver a ser una prenda que represente las luchas de todo un pueblo y no el escudo de un sector que prefiere olvidar de dónde viene.
Reflexión final:
Las elecciones pasan, los gobiernos terminan, pero la nación permanece. Si permitimos que las dinámicas de campaña arrasen con los pocos símbolos de unidad que nos quedan, nos exiliaremos de nuestra propia identidad.
El verdadero «milagro» que necesita Colombia en este cuatrienio no es el triunfo absoluto de una ideología sobre otra, sino la capacidad de reconocernos como compatriotas legítimos compartiendo la misma cancha, sin olvidar jamás de dónde venimos ni a quiénes nos debemos.
Barranquilla, 8 de julio de 2026.
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