Cristóbal Arteta Ripoll.
Las universidades públicas toman, en determinados momentos de su historia, decisiones que comprometen su destino durante varias décadas. La definición de una nueva planta profesoral constituye una de ellas. No se trata simplemente de proveer vacantes ni de cumplir un procedimiento administrativo; se trata de decidir qué universidad se quiere construir para las generaciones futuras.
El concurso público de méritos representa una de las mayores conquistas de la educación superior colombiana. Gracias a él, el acceso a la carrera profesoral debe descansar en la excelencia académica y no en el favoritismo, el clientelismo o las afinidades políticas. Sin embargo, el mérito comienza mucho antes de la evaluación de los candidatos. Empieza en la forma como la propia universidad concibe, diseña y justifica el concurso.
Una convocatoria elaborada sin una reflexión académica suficiente puede terminar desnaturalizando el principio que pretende proteger. No basta con que el procedimiento sea formalmente transparente; es indispensable que los perfiles convocados respondan a las verdaderas necesidades de los programas, a los proyectos de investigación institucionales, a los procesos de acreditación y a la misión estratégica de la universidad.
En este punto resulta particularmente ilustrativa la metáfora del lecho de Procusto. En la tradición griega, Procusto obligaba a todos los viajeros a ajustarse a una cama de tamaño único: quienes eran demasiado altos eran mutilados; quienes eran demasiado bajos eran estirados por la fuerza. El problema no era la existencia de la cama, sino la pretensión de convertirla en una medida universal.
Algo semejante puede ocurrir cuando los perfiles docentes se diseñan desde criterios rígidos o coyunturales, obligando a la realidad académica a adaptarse a decisiones previamente tomadas. La lógica debería ser exactamente la inversa: son los perfiles los que deben surgir del análisis riguroso de las necesidades reales de cada departamento y de cada programa académico.
En una universidad pública, la planeación constituye una exigencia ética además de jurídica. La Constitución Política impone a toda la administración pública actuar conforme a los principios de eficacia, transparencia y planeación. La Ley 30 de 1992 reconoce la autonomía universitaria, pero esa autonomía no puede confundirse con discrecionalidad absoluta. La autonomía encuentra su legitimidad en la capacidad institucional para tomar decisiones racionales, motivadas y orientadas al interés general de la educación superior.
Por ello, antes de convocar un concurso de esta magnitud deberían existir diagnósticos académicos sólidos: estudios de necesidades docentes, análisis de las líneas de investigación estratégicas, evaluación de los procesos de acreditación, consulta a departamentos, comités curriculares y consejos de facultad, así como una visión compartida sobre el modelo de universidad que se aspira a consolidar.
La coyuntura nunca puede convertirse en el criterio rector de una decisión estructural. Los cambios de rector, de gobierno nacional o de autoridades universitarias son acontecimientos transitorios. En contraste, los profesores que ingresen mediante un concurso de carrera probablemente permanecerán vinculados durante veinte o treinta años, formando generaciones de profesionales, orientando investigaciones y definiendo el rumbo intelectual de la institución.
Precisamente por esa razón, la Universidad del Atlántico debe preguntarse si los perfiles convocados representan realmente los desafíos científicos, tecnológicos, humanísticos y culturales del Caribe colombiano, o si responden principalmente a circunstancias administrativas de corto plazo. Esa pregunta no pretende deslegitimar el concurso; por el contrario, busca fortalecerlo.
La calidad universitaria no depende únicamente de seleccionar a los mejores candidatos. Depende también de haber formulado correctamente las preguntas que dieron origen al concurso. Un excelente profesor elegido para un perfil mal concebido no resuelve el problema institucional; simplemente consolida una planificación deficiente.
La Universidad del Atlántico ha construido, durante décadas, un patrimonio intelectual que la convierte en una de las instituciones públicas más importantes del Caribe colombiano. Esa tradición exige que las decisiones sobre la planta profesoral sean fruto de un amplio consenso académico, sustentado en evidencia, deliberación y visión estratégica.
El verdadero mérito no consiste únicamente en escoger a los mejores profesores. Consiste, antes que nada, en tener la sabiduría institucional para definir cuáles son los profesores que la universidad necesita para afrontar los desafíos del siglo XXI. Allí comienza la auténtica excelencia universitaria.
La universidad no se improvisa: una reflexión filosófica sobre el mérito, la planeación y el futuro institucional.
Toda gran universidad es, antes que una organización administrativa, una comunidad espiritual. Sus profesores no constituyen simplemente una nómina de empleados públicos; representan la memoria intelectual de una sociedad y la posibilidad de construir su futuro. Por ello, toda decisión relacionada con la conformación de la planta profesoral posee una dimensión filosófica que trasciende la simple gestión administrativa.
Wilhelm von Humboldt, arquitecto del modelo moderno de universidad, concebía la institución universitaria como el espacio donde la investigación y la docencia forman una unidad inseparable. El profesor universitario no transmite únicamente conocimientos ya establecidos; participa activamente en la creación del saber. Desde esa perspectiva, la selección de los docentes no puede reducirse al cumplimiento de un procedimiento formal. Debe responder a un proyecto científico y cultural previamente pensado por la institución.
José Ortega y Gasset, en Misión de la Universidad, advirtió que la universidad pierde su razón de ser cuando olvida preguntarse para qué existe. Su misión consiste en formar profesionales competentes, cultivar la ciencia y transmitir la cultura de su tiempo. Ninguna de estas tareas puede desarrollarse satisfactoriamente si la universidad define su planta profesoral únicamente en función de urgencias administrativas o de coyunturas pasajeras. El verdadero criterio debe ser la misión institucional y la responsabilidad histórica con la sociedad.
Karl Jaspers profundizó aún más esta idea al sostener que la universidad es una comunidad de investigadores y estudiantes unidos por la búsqueda de la verdad. Esa búsqueda exige libertad, deliberación y autonomía responsable. La autonomía universitaria no puede entenderse como la facultad de decidir arbitrariamente, sino como la obligación de decidir mejor, con mayor racionalidad, más deliberación y una visión de largo plazo.
Estas reflexiones permiten comprender que el principio del mérito posee una doble dimensión. La primera consiste en seleccionar a los mejores candidatos. La segunda, muchas veces olvidada, exige que la propia universidad actúe con mérito al diseñar el concurso. Una institución que no planea rigurosamente los perfiles que convoca termina debilitando el mismo principio que pretende proteger.
En este contexto cobra sentido la metáfora del lecho de Procusto. Procusto obligaba a todos los viajeros a ajustarse a una medida previamente establecida, sin importar la riqueza de sus diferencias. Del mismo modo, un concurso cuyos perfiles no nacen de un estudio serio de las necesidades académicas corre el riesgo de imponer un molde rígido a la complejidad de la vida universitaria. La universidad deja entonces de pensar su futuro para limitarse a acomodar la realidad a decisiones previamente adoptadas.
La verdadera excelencia universitaria exige el camino contrario. Son las necesidades del conocimiento, las demandas de la investigación, los procesos de acreditación, las transformaciones del Caribe colombiano y los retos de la sociedad contemporánea los que deben orientar la definición de las plazas docentes. No se trata simplemente de llenar vacantes; se trata de construir el rostro intelectual que la universidad tendrá durante las próximas décadas.
Por ello, un concurso de méritos no puede medirse únicamente por la transparencia de sus etapas o por la idoneidad de sus jurados. Debe evaluarse también por la calidad de la reflexión institucional que lo precedió. La pregunta decisiva no es solamente quiénes obtendrán los mejores puntajes. La pregunta verdaderamente filosófica es si la universidad ha pensado con suficiente profundidad qué profesores necesita para realizar su misión histórica.
Las administraciones universitarias son transitorias; la universidad permanece. Los rectores cambian, los gobiernos pasan, las coyunturas políticas desaparecen. En cambio, los profesores que ingresan hoy a la carrera académica formarán estudiantes, dirigirán investigaciones y producirán conocimiento durante veinte o treinta años. En ellos se deposita una parte esencial del futuro de la institución.
Por eso, el mayor acto de responsabilidad universitaria consiste en comprender que el mérito comienza mucho antes del concurso. Empieza cuando la universidad se atreve a pensar críticamente sobre sí misma y a definir, con serenidad, participación académica y visión estratégica, el proyecto intelectual que desea legar a las generaciones futura,
Barranquilla, 30 de junio de 2026
Al leer este texto, entendí que elegir nuevos profesores para una universidad no es simplemente llenar vacantes, sino tomar una decisión que puede influir en la formación de muchas generaciones. Me llamó la atención la idea de que el mérito no solo está en escoger a los mejores candidatos, sino también en que la universidad piense muy bien qué perfiles necesita antes de abrir un concurso. También me pareció interesante la comparación con el lecho de Procusto, porque muestra que no siempre es correcto obligar a que todo encaje en un mismo modelo. Pienso que cada programa académico tiene necesidades diferentes y, por eso, las decisiones deberían basarse en estudios, planeación y participación de la comunidad universitaria, en lugar de responder únicamente a situaciones del momento.
Al leer este texto, considero que plantea una reflexión muy pertinente sobre el verdadero sentido de un concurso de méritos en una universidad pública. En mi opinión, no basta con garantizar un proceso transparente para elegir a los mejores candidatos; también es fundamental que la institución haya identificado previamente cuáles son las necesidades académicas reales que busca atender.
Me llamó especialmente la atención la metáfora del lecho de Procusto, porque muestra cómo imponer criterios rígidos puede limitar el desarrollo de la universidad en lugar de fortalecerlo. Pienso que la planeación debe ser el punto de partida de cualquier decisión que tenga un impacto tan duradero como la conformación de la planta profesoral.
También comparto la idea de que la autonomía universitaria implica una gran responsabilidad. Desde mi perspectiva, esa autonomía debe ejercerse con visión de futuro, sustentada en el diálogo académico, la investigación y el interés general, y no únicamente en responder a necesidades administrativas o coyunturales.
En conclusión, este texto me hace reflexionar sobre la importancia de construir una universidad pensando en las próximas generaciones. Creo que el verdadero mérito no solo está en seleccionar a los mejores profesores, sino también en planificar con responsabilidad qué tipo de profesionales, investigadores y líderes necesita la institución para cumplir su misión y contribuir al desarrollo de la sociedad
Considero que este artículo invita a reflexionar sobre la importancia de planificar antes de realizar un concurso de méritos. No basta con escoger a los mejores candidatos; también es necesario definir con claridad qué profesores necesita realmente la universidad para responder a sus retos futuros. En mi opinión, es una reflexión pertinente porque resalta que las decisiones académicas deben tomarse con visión de largo plazo y pensando siempre en la calidad de la educación.
El escrito trata sobre el verdadero sentido del mérito en la universidad al señalar que este no comienza únicamente cuando se evalúan los candidatos, sino desde el momento en que la institución define qué tipo de profesores necesita para cumplir su misión académica y social. Resulta especialmente valioso que se base en autores como Ortega y Gasset y Karl Jaspers para recordar que la universidad no es simplemente un espacio de formación profesional, sino también una comunidad dedicada a la investigación, la cultura y la búsqueda de la verdad.
El escrito también hace una fuerte crítica a las decisiones tomadas únicamente por necesidades administrativas, pues nos invita a pensar la educación superior desde una perspectiva de largo plazo. Su idea de que los docentes que ingresan hoy influirán en la formación de generaciones enteras convierte la planeación académica en una responsabilidad y no solamente organizativa. La metáfora del lecho de Procusto ilustra de manera efectiva el riesgo de imponer perfiles rígidos que no respondan a la complejidad de la vida universitaria.
Puedo cuestionar el escrito por presentar una visión algo idealizada de la universidad, ya que en la práctica las instituciones deben enfrentar limitaciones presupuestales, administrativas y políticas que muchas veces condicionan sus decisiones. También definir cuáles serán las necesidades académicas del futuro no es una tarea tan fácil ni existe siempre consenso sobre ello. Aun así el escrito resulta pertinente porque recuerda que la excelencia universitaria depende tanto de seleccionar a los mejores profesores como de que la propia universidad piense cuidadosamente el proyecto intelectual que desea construir.
Después de leer el artículo, considero que el autor plantea una idea importante sobre los concursos de méritos en las universidades ya que muchas veces se da más importancia a los títulos y la experiencia que a las necesidades reales de la institución yo pienso que una buena universidad debe elegir no solo a quienes tengan mejores hojas de vida, sino también a quienes aporten a sus objetivos pues la comparación con el lecho de Procusto me pareció muy buena, porque muestra cómo las reglas rígidas pueden hacer perder de vista lo esencial, también estoy de acuerdo en que la planificación debe formar parte del proceso de selección y para terminar, el artículo invita a reflexionar sobre la importancia de combinar transparencia, mérito y planificación para fortalecer la educación superior.
El uso de la metáfora del «lecho de Procusto» aterriza con precisión quirúrgica una de las problemáticas más silenciosas y destructivas que padecemos en la Universidad del Atlántico: la desconexión entre la burocracia administrativa y la realidad viva de los programas académicos. Como estudiantes, sufrimos directamente las consecuencias de esa falta de planificación. Es muy común ver cómo se convocan plazas docentes bajo perfiles tan rígidos o extrañamente específicos que parecen diseñados para encajar en una coyuntura política o un afán presupuestal inmediato, mutilando las verdaderas necesidades de investigación, actualización curricular y acreditación que demandan nuestras facultades.
La apelación a los modelos universitarios de Humboldt, Ortega y Gasset y Jaspers eleva el debate de una simple queja administrativa a una profunda autocrítica institucional. El texto acierta de manera categórica al señalar que el «mérito» no es una propiedad exclusiva que se deba evaluar únicamente en los candidatos a través de un examen o una entrega de papeles; el mérito es, ante todo, una exigencia ética para la propia universidad al momento de diseñar sus convocatorias. Cuando la administración improvisa los perfiles sin consultar de fondo a los comités curriculares, a los departamentos y a la base profesoral que habita las aulas, está desnaturalizando la autonomía universitaria y convirtiéndola en una herramienta de discrecionalidad absoluta.
Es sumamente lúcida la advertencia sobre la transitoriedad del poder frente a la permanencia de la cátedra. Mientras que las rectorías y las directivas cambian al ritmo de las dinámicas políticas locales, un profesor de carrera que ingresa a la Universidad del Atlántico permanecerá en la institución por los próximos veinte o treinta años. En sus manos estará la formación de múltiples generaciones de profesionales del Caribe y la dirección de los grupos de investigación. Configurar mal esos perfiles hoy, por resolver un afán burocrático de corto plazo, significa hipotecar el futuro académico y científico de nuestra alma mater durante las próximas décadas.
Finalmente, este escrito funciona como una excelente veeduría lingüística y crítica que defiende el patrimonio intelectual de la universidad pública. El verdadero mérito y la auténtica excelencia no radican en rellenar vacantes mecánicamente para inflar indicadores de gestión, sino en tener la sabiduría y la madurez institucional de preguntarnos qué tipo de universidad queremos construir para el siglo XXI. En vísperas de transformaciones estructurales, este llamado a frenar la improvisación y a propiciar un amplio consenso académico basado en las necesidades reales del territorio es el tipo de reflexión docente que nos inspira a nosotros, los estudiantes, a exigir una universidad a la altura de su historia y de su pueblo.
El lecho de Procusto y la universidad del Atlántico: cuando el concurso de méritos olvida el mérito de planificar.
El texto de Cristóbal Arteta Ripoll acierta al recordar que el concurso de méritos no se agota en la transparencia de sus etapas ni en la idoneidad de los jurados, porque la legitimidad de fondo está en la pregunta previa que casi nunca se hace en voz alta: qué universidad queremos sostener durante las próximas tres décadas. Cuando los perfiles docentes se diseñan desde la urgencia administrativa, desde el afán de cumplir cifras o desde coyunturas políticas pasajeras, la universidad termina funcionando como el lecho de Procusto, recortando o forzando la realidad académica para que encaje en un molde que no fue pensado para ella. El problema entonces no es la falta de buenos candidatos, es que incluso el mejor profesor elegido para una plaza mal concebida no resuelve el vacío institucional, lo perpetúa por veinte o treinta años formando estudiantes, orientando investigación y marcando el rumbo intelectual de la Universidad del Atlántico. Por eso el mérito tiene una doble dimensión que el artículo subraya con razón: el mérito del aspirante que compite, y el mérito de la institución que convoca, ese que se demuestra en diagnósticos serios, en consulta a departamentos y comités curriculares, en lectura de las líneas de investigación estratégicas y de los desafíos del Caribe colombiano en ciencia, tecnología, humanidades y cultura. La autonomía que consagra la Ley 30 no es una licencia para decidir sin método, es una responsabilidad de planificar con evidencia y visión de largo plazo, porque a diferencia de los rectores y los gobiernos, los profesores de carrera permanecen y en ellos se deposita una parte esencial del futuro de la U. En últimas, la excelencia universitaria no se improvisa, se diseña, y eso exige que el concurso sea el final de una reflexión institucional profunda y no el inicio improvisado de una planta profesoral que condicionará el destino de la universidad por generaciones.
Este texto invita a reflexionar sobre que un concurso de méritos no debe verse únicamente como un proceso para ocupar vacantes, sino como una decisión estratégica que define el futuro de la universidad. Destaca que la verdadera calidad de una institución depende de elegir docentes que respondan a su misión, a las necesidades de la sociedad y a los retos de la región. Además, resalta que las administraciones son temporales, mientras que los profesores dejan un impacto duradero en la formación de generaciones de estudiantes y en la producción de conocimiento. En mi opinión, es una reflexión acertada porque recuerda que el mérito comienza desde una adecuada planificación institucional y no solo en la evaluación de los candidatos, buscando siempre fortalecer la educación superior y su compromiso con la sociedad.
Este artículo dice que para tener una buena universidad no basta con contratar a los profesores mediante un examen justo. Lo más importante es pensar muy bien, y con tiempo que tipo de profesores se necesitan de verdad. El autor critica que a veces se crean puestos solo para cumplir el papeleo, obligando a los estudiantes y a las materias a adaptarse a la fuerza a esas decisiones rápidas. Al final de artículo recalca que los jefes cambian rápido, pero los profesores se quedan enseñando durante muchos años. por eso, elegir bien sus perfiles es la única forma de asegurar una buena educación para el futuro de los jóvenes.
El texto plantea una reflexión profunda sobre el verdadero sentido del mérito en la universidad pública. Su principal aporte es recordar que un concurso de méritos no se limita a evaluar a los mejores candidatos, sino que debe comenzar con una planeación rigurosa y una definición responsable de los perfiles docentes. La metáfora del lecho de Procusto resulta acertada para advertir el riesgo de imponer criterios rígidos que no respondan a las necesidades reales de la institución.
Además, el autor invita a comprender que las decisiones sobre la planta profesoral tienen un impacto de largo plazo y, por ello, deben estar orientadas por la misión académica, la investigación, la calidad educativa y los desafíos sociales del Caribe colombiano, más que por intereses administrativos o coyunturales. En ese sentido, el artículo defiende una autonomía universitaria ejercida con responsabilidad, deliberación y visión estratégica.
Se sostiene que un concurso público de méritos en una universidad no debe limitarse a seleccionar a los mejores candidatos, sino que debe comenzar con una adecuada planificación institucional. Antes de abrir una convocatoria, la universidad debe definir qué tipo de docentes necesita de acuerdo con sus programas académicos, líneas de investigación, procesos de acreditación y objetivos estratégicos.
Se utiliza la metáfora del lecho de Procusto, personaje de la mitología griega que obligaba a todos a adaptarse a una cama de tamaño único, para explicar que sería un error diseñar perfiles rígidos que obliguen a la realidad académica a ajustarse a decisiones previamente tomadas. Por el contrario, los perfiles deben surgir de un análisis serio de las necesidades reales de cada departamento y programa.
También señala que la autonomía universitaria implica una responsabilidad ética y jurídica, ya que las decisiones deben estar fundamentadas en la planeación, la transparencia, la eficacia y el interés general, tal como lo establecen la Constitución y la Ley 30 de 1992. Por ello, antes de convocar un concurso deben realizarse diagnósticos, consultas académicas y estudios que orienten las decisiones a largo plazo.
El texto de Cristóbal Arteta Ripoll plantea una reflexión importante sobre el verdadero significado del mérito en la universidad pública. El autor sostiene que un concurso de méritos no garantiza por sí solo la excelencia si antes no existe una planeación académica rigurosa que justifique los perfiles convocados. La metáfora del lecho de Procusto resulta acertada para mostrar el riesgo de imponer criterios rígidos que no respondan a las necesidades reales de la institución. Además, el respaldo en pensadores como Wilhelm von Humboldt, José Ortega y Gasset y Karl Jaspers fortalece la idea de que la universidad debe actuar con visión de largo plazo y responsabilidad intelectual. En conjunto, la lectura invita a comprender que la excelencia universitaria no depende únicamente de seleccionar a los mejores candidatos, sino también de definir con claridad y fundamento qué tipo de profesores necesita la institución para cumplir su misión y responder a los desafíos del futuro.
La lectura invita a reflexionar sobre que la calidad de una universidad no depende únicamente de la transparencia de sus concursos de méritos, sino también de la capacidad institucional para planificar estratégicamente su futuro. El autor argumenta que la autonomía universitaria implica una responsabilidad de tomar decisiones fundamentadas en diagnósticos académicos y no en necesidades coyunturales. Considero que esta postura es pertinente, ya que los profesores que ingresan a una universidad influyen durante muchos años en la formación de profesionales, la investigación y el desarrollo de la institución. En ese sentido, el mérito no debe limitarse a evaluar a los aspirantes, sino que también debe reflejarse en la manera en que la universidad diseña y justifica las plazas que decide convocar.
Me parece interesante la tesis que plantea, siendo esta estructural e impecable que trasciende la simple gestión burocrática: el éxito de una universidad pública no se mide únicamente por la transparencia con la que evalúa a sus candidatos, sino por la sabiduría ética y la planeación científica con la que diseña sus perfiles. Al entrelazar la administración pública con la tradición filosófica de Humboldt, Jaspers y Ortega y Gasset, nos demuestra que un concurso docente es, en el fondo, un acto de soberanía intelectual; una decisión de largo aliento que impactará el tejido social, científico y cultural de una región como el Caribe colombiano durante los próximos treinta años. La certera utilización de la metáfora del lecho de Procusto desnuda el peligro latente de subordinar la riqueza y complejidad académica a moldes rígidos o urgencias coyunturales de administraciones transitorias, recordándonos que la verdadera autonomía universitaria no es discrecionalidad absoluta, sino la responsabilidad ética de fundar cada plaza en diagnósticos rigurosos, necesidades reales de los programas y consensos curriculares.
Arteta usa el mito de Procusto para explicar lo que pasa hoy en la universidad colombiana: cortar o estirar a todos para quepan en la misma cama.
Procusto tenía una cama de hierro. Si el huésped era alto, le cortaba las piernas. Si era bajo, lo estiraba hasta desmembrarlo. Esa es la metáfora perfecta para un concurso de méritos que solo mide papeles, horas de clase y formatos, pero olvida el mérito real: pensar la universidad como proyecto.
El problema que señala el texto es la uniformidad. Nos imponen modelos diseñados en grandes urbes y para empresas, y luego exigimos que cada universidad, cada territorio, cada profesor se adapte. Se premia a quien mejor reproduce el esquema conocido, no a quien innova.
En educación superior pasa igual. La Ley 30 forzó la misma estructura de gobierno para todas. Y ahora los concursos miden «competencias» como si fueran la categoría única que incluye valores, conocimientos y habilidades. Es el lecho de Procusto administrativo: si no encajas, te descartan.
Pero una universidad no es una empresa. Un rector no solo maneja recursos, administra el espíritu de la institución. Transformarla es como «reconstruir un avión en pleno vuelo».
En corto: cuando el concurso olvida planificar, solo selecciona funcionarios que sepan llenar formularios. Mata la diversidad, la autonomía y el pensamiento crítico.
La pregunta es: ¿queremos universidades que encajen en la cama, o universidades que construyan su propia cama según su Territorio.
usa la metáfora del «lecho de Procusto» para explicar muy bien un problema real en las universidades: los concursos de mérito se vuelven un trámite que mide papeles y no proyectos. Se evalúa si el aspirante cumple casillas, pero no si su perfil responde a las necesidades de investigación, docencia o proyección social que tiene la institución. De esta forma, ganan los que mejor se adaptan al formato y no los que mejor le aportan a la universidad. El artículo deja una pregunta clave: ¿de qué sirve un concurso de méritos si primero no hay una planeación seria del mérito que se necesita? Para mejorar, las universidades deberían empezar por planificar y después concursar.
A mi parecer, el artículo destaca que la planificación es un aspecto fundamental en los concursos de méritos de las universidades. Estoy de acuerdo con la idea de que no solo es importante seleccionar docentes con excelentes capacidades, sino también establecer perfiles que respondan a las necesidades y metas de la institución. Además, considero que estas decisiones deben tomarse con una visión de futuro, ya que los profesores tendrán una influencia significativa en la formación de los estudiantes y en el crecimiento académico de la universidad. Por ello, una adecuada planificación contribuye al fortalecimiento de la calidad educativa.
Muy de acuerdo con el texto del filósofo artetra ripoll , estoy de acuerdo con las intervenciones que hace sobre la universidad del atlantico , respecto a las convocatorias sobre los profesionales que están tomando algunos puestos que no les corresponde , solo pues por posiciones políticas , o por administrativas o criterios rígidos que obligan adatarse a la realidad académica tomadas por decisiones , esto va ir desmeritando la calidad de la universidad , ya que los conocimientos de los nuevos convocados no se asemejan a los conocimientos de los profesionales que llevan años ya dando clases, entonces la pregunta que se deberían hacer , están haciendo bien en convocar profesionales que no están aptos para realizad tal profesional , idonios para ese cargo que por medio de cuerdas política lo colocaron
me parece especialmente valioso porque logra trascender una discusión administrativa para situarla en un plano académico, ético y filosófico. Considero que uno de sus mayores aciertos es recordar que un concurso de méritos no comienza con la evaluación de los aspirantes, sino con la reflexión institucional sobre qué tipo de universidad se quiere construir. Esa idea le da profundidad al argumento y evita que el debate se reduzca a aspectos meramente procedimentales.
Después de leer el artículo, me quedó una idea muy clara: el mérito no puede limitarse al momento en que se evalúan los candidatos. También debe reflejarse en la manera como la universidad planea y define los perfiles que va a convocar. Si esa etapa no se hace con suficiente rigor, el concurso puede ser transparente, pero no necesariamente responder a las necesidades reales de la institución. Pienso que la universidad la construyen las personas que la conforman. Así como el ser humano y la sociedad están en constante cambio, la universidad también debe adaptarse a esas transformaciones. Por eso, las decisiones sobre la planta profesoral no deberían responder únicamente a las necesidades del presente, sino también anticiparse a los retos del futuro. Planificar con una visión de largo plazo significa formar un cuerpo docente capaz de responder a los cambios científicos, tecnológicos, sociales y culturales que enfrentarán las próximas generaciones.