En la era de la IA: Breves respuestas a las grandes preguntas.

Cristóbal Arteta Ripoll 

Desde una perspectiva liberacionista, el libro Breves respuestas a las grandes preguntas de Stephen Hawking puede leerse como una obra de enorme valor científico, pero también como un texto que deja abiertos problemas filosóficos, históricos y políticos que la filosofía latinoamericana de la liberación ha considerado fundamentales. 

No se trata de negar la grandeza de Hawking como físico, sino de preguntarse por los límites epistemológicos de su propuesta.

Hawking intenta responder preguntas que durante siglos pertenecieron a la filosofía y a la religión: ¿existe Dios?, ¿cómo comenzó el universo?, ¿hay vida inteligente fuera de la Tierra?, ¿podrá sobrevivir la humanidad?, ¿deberíamos colonizar otros planetas? Su respuesta parte de una confianza extraordinaria en la física moderna. En cierto sentido, la cosmología ocupa el lugar que antes ocupaban la metafísica o la teología.

Desde una mirada liberacionista, ahí aparece el primer problema: la identificación del conocimiento científico con el conocimiento universal. Hawking habla desde la física matemática, pero con frecuencia extiende sus conclusiones hacia terrenos que exceden su propio campo disciplinar. 

La filosofía de la liberación, especialmente la desarrollada por Enrique Dussel, ha insistido en que ninguna forma de conocimiento posee el monopolio de la verdad. Toda producción de conocimiento está situada histórica, cultural y geopolíticamente. La ciencia moderna constituye un extraordinario logro de la humanidad, pero no agota todas las formas legítimas de comprender la realidad.

En segundo lugar, el libro expresa una confianza muy marcada en el progreso tecnológico. Para Hawking, los grandes desafíos de la humanidad, el cambio climático, las enfermedades, la supervivencia de la especie, encontrarán respuesta mediante mayores desarrollos científicos. 

Sin embargo, una filosofía liberacionista preguntaría: ¿quién controla esa ciencia?, ¿al servicio de quién se desarrolla?, ¿quiénes reciben sus beneficios y quiénes soportan sus costos? La tecnología nunca es políticamente neutra. Puede convertirse tanto en instrumento de emancipación como de dominación.

Otro aspecto relevante es la ausencia casi total de la dimensión colonial del conocimiento. Hawking habla en nombre de “la humanidad”, pero esa humanidad aparece como un sujeto abstracto. No existen pueblos colonizados, periferias, desigualdades estructurales ni relaciones de dependencia. Desde América Latina, la pregunta cambia profundamente: ¿quién produce la ciencia?, ¿desde qué centros de poder?, ¿qué conocimientos son reconocidos y cuáles permanecen invisibilizados?.

La crítica decolonial recuerda que la universalidad muchas veces ha sido la universalización de una experiencia histórica particular: la de Occidente.

También resulta llamativo que las preguntas éticas aparezcan subordinadas a la posibilidad técnica. Si podemos modificar genéticamente al ser humano, desarrollar inteligencia artificial o colonizar Marte, Hawking se pregunta cómo hacerlo. La filosofía de la liberación, en cambio, preguntaría primero para quién, con qué fines y bajo qué criterios de justicia. La posibilidad técnica nunca puede sustituir el juicio ético.

Existe además una tensión importante entre determinismo y libertad. La explicación física del universo parece reducir cada vez más el espacio de la libertad humana. Sin embargo, las filosofías emancipadoras sostienen que la historia permanece abierta porque los seres humanos pueden transformar las estructuras de opresión mediante la acción colectiva. El sujeto histórico no desaparece bajo las leyes de la naturaleza.

No obstante, una crítica rigurosa también debe reconocer los méritos del libro. Hawking logra acercar problemas extremadamente complejos de la cosmología al público general con un lenguaje accesible. Defiende el pensamiento crítico frente al dogmatismo, estimula la curiosidad intelectual y promueve una visión racional del mundo. En un contexto donde proliferan el negacionismo científico y las pseudociencias, esta defensa de la investigación científica posee un enorme valor.

Sin embargo, desde una perspectiva liberacionista, la racionalidad científica necesita dialogar con otras racionalidades. El conocimiento no se construye únicamente en los grandes laboratorios o centros de investigación del Norte global; también se produce en las comunidades, en los pueblos indígenas, en las experiencias históricas de resistencia y en las culturas populares. La emancipación epistemológica exige reconocer la pluralidad de saberes sin renunciar al rigor crítico.

En ese sentido, podría formularse una tesis que dialogue con su propio trabajo filosófico: las grandes preguntas de Hawking no pueden responderse únicamente desde la cosmología; requieren una filosofía de la liberación que incorpore la historia, la política, la ética y la geopolítica del conocimiento. 

Mientras Hawking pregunta cómo funciona el universo, la filosofía latinoamericana añade otra pregunta decisiva: ¿cómo debe organizarse el conocimiento para contribuir a la dignificación de los pueblos históricamente excluidos?.

Desde un lenguaje liberacionista, podría resumirse así: Hawking nos ofrece una magnífica cartografía del cosmos, pero permanece relativamente silencioso frente a la cartografía del poder. Explica con brillantez el origen de las estrellas, pero apenas se detiene en las estructuras históricas que producen exclusión, dependencia y colonialidad. 

Una filosofía de la liberación no rechaza la ciencia; la reinscribe dentro del horizonte ético de la vida, la justicia y la soberanía epistemológica. Solo entonces las grandes preguntas dejan de ser exclusivamente cosmológicas para convertirse también en preguntas por la liberación de la humanidad.

La aparición de la inteligencia artificial generativa ha cambiado profundamente el contexto desde el cual leemos Breves respuestas a las grandes preguntas

Cuando Hawking publicó esas reflexiones, la cuestión central era el extraordinario desarrollo de la física y la posibilidad de una inteligencia artificial futura. Hoy, en cambio, convivimos cotidianamente con sistemas capaces de escribir, programar, traducucir, investigar y dialogar. Eso obliga a releer el libro desde un horizonte completamente distinto.

Su principal interés ya no consiste únicamente en las respuestas que ofrece, sino en el tipo de preguntas que nos enseña a formular. Hawking defendía la idea de que la humanidad debía pensar en grande: el origen del universo, el destino de la especie, la inteligencia extraterrestre, el futuro de la vida y los riesgos tecnológicos. 

En ese sentido, el libro conserva una enorme vigencia porque invita a pensar a escala civilizatoria, algo especialmente necesario en la era de la inteligencia artificial.

Sin embargo, la propia irrupción de la IA también pone en evidencia los límites de algunas de sus respuestas. Hawking confiaba profundamente en el poder explicativo de la ciencia, pero la inteligencia artificial ha mostrado que el conocimiento ya no consiste solamente en descubrir leyes de la naturaleza, sino también en gestionar información, producir lenguaje, interpretar contextos y participar en procesos creativos. Esto reabre preguntas filosóficas que parecían parcialmente resueltas.

Paradójicamente, el avance tecnológico no ha disminuido las grandes incertidumbres; las ha multiplicado. Hoy sabemos mucho más sobre el universo que hace veinte años, pero ignoramos con mayor profundidad qué significa la inteligencia, qué distingue la creatividad humana de la generación algorítmica, cómo preservar la autonomía del pensamiento o cómo evitar nuevas formas de dominación tecnológica.

En ese sentido, el libro produce un doble efecto. Clarifica muchos problemas científicos, especialmente aquellos relacionados con la cosmología, los agujeros negros y la evolución del universo. Pero, simultáneamente, fortalece nuevas dudas filosóficas y éticas que Hawking apenas alcanzó a vislumbrar.

Desde una perspectiva liberacionista, esto resulta especialmente significativo. La pregunta ya no es solamente si la inteligencia artificial superará a la inteligencia humana, sino quién controla esa inteligencia, bajo qué intereses económicos se desarrolla, qué lenguas privilegia, qué culturas invisibiliza y qué tipo de humanidad contribuye a construir. La cuestión central deja de ser exclusivamente tecnológica para convertirse en una cuestión política y ética.

Aquí aparece una diferencia importante entre Hawking y una filosofía latinoamericana de la liberación. Hawking preguntaba por el futuro de la especie humana. Una filosofía liberacionista preguntaría además: ¿el futuro de qué humanidad? No todos los pueblos participan en igualdad de condiciones en la revolución digital. Existe una geopolítica de la inteligencia artificial: unos pocos países diseñan los modelos, mientras la mayor parte del mundo los consume. La dependencia tecnológica puede convertirse en una nueva forma de colonialidad.

Por ello, el mayor valor actual del libro quizá no resida en la solidez definitiva de sus respuestas, sino en su capacidad para mantener abiertas las grandes preguntas. En una época en la que la inteligencia artificial parece ofrecer respuestas inmediatas para casi todo, el texto de Hawking recuerda que las cuestiones verdaderamente decisivas, el sentido de la existencia, el destino de la humanidad, la libertad, la justicia y el conocimiento, no admiten respuestas definitivas.

Desde el lenguaje de la filosofía de la liberación, se podría formular una conclusión como esta:

La inteligencia artificial no ha invalidado las grandes preguntas de Hawking; las ha radicalizado. Si antes la humanidad buscaba comprender el universo, ahora debe comprender también las tecnologías con las que intenta comprenderlo. Y si Hawking nos enseñó a mirar el cosmos, la filosofía de la liberación nos recuerda que ninguna explicación del universo estará completa mientras no responda también por la dignidad de los pueblos, la justicia social y la soberanía epistemológica. 

En la era de la inteligencia artificial, las grandes preguntas ya no son únicamente cosmológicas; son, ante todo, preguntas sobre el futuro ético, político y cultural de la humanidad.

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