Cristóbal Arteta Ripoll.
Este artículo pone en diálogo el escepticismo radical de la vieja Europa (Nietzsche) con la filosofía de la liberación y la praxis del Caribe colombiano.
El tablero de la sospecha.
En 1873, un joven Friedrich Nietzsche sacudió los cimientos de la epistemología occidental con su ensayo: Sobre la verdad y mentira en sentido extramoral. En este texto, el pensador alemán redujo la «verdad» a una mera construcción lingüística, un ejército de metáforas olvidadas que las sociedades institucionalizan para autoprotegerse y ejercer control.
Para Nietzsche, el ser humano no busca la verdad por amor a ella, sino por las consecuencias placenteras de su convención social.
Sin embargo, cuando este diagnóstico nihilista cruza el Atlántico y aterriza en el suelo de la filosofía latinoamericana contemporánea, sufre una transfiguración necesaria. Desde la perspectiva latinoamericana, la deconstrucción de la verdad no puede quedarse en un juego de salón estético o en un escepticismo paralizante.
Para quien escribe éstas líneas, la filosofía no es un mero adorno académico; es una herramienta de combate ético y político. Este artículo explora el choque y la síntesis entre la sospecha nietzscheana y la urgencia liberadora del pensamiento caribeño y latinoamericano.
La verdad de Nietzsche: el lenguaje como aduana neocolonial.
Desde mi óptica, hay una parte del diagnóstico de Nietzsche que resulta dolorosamente exacta y metodológicamente útil. Al afirmar que la verdad es una convención impuesta para mantener la paz social, Nietzsche desarma el mito de la neutralidad del conocimiento.
Para el contexto colombiano y latinoamericano, las «verdades absolutas» traídas por la modernidad eurocéntrica (el progreso indefinido, el libre mercado como único regulador social, o la jerarquización cultural) han operado precisamente como esas metáforas institucionalizadas de las que hablaba el alemán. Han sido discursos de poder convertidos en leyes naturales por las élites neocoloniales para justificar la exclusión. Desenmascarar la verdad oficial como una «mentira aceptada de forma gregaria» es, para mi, un paso indispensable para la emancipación intelectual de nuestros pueblos.
La mentira de Nietzsche: el peligro del nihilismo ante el dolor material.
El punto de ruptura entre el pensador europeo y yo ocurre en la frontera de la praxis. Si asumimos el relativismo absoluto de Nietzsche, donde no hay hechos, sino interpretaciones, y donde toda moral es una ficción, el edificio de la justicia social se desmorona.
Es aquí donde el pensamiento ético liberacionista interviene con fuerza. El dolor del oprimido, el despojo de las comunidades rurales en el Caribe colombiano, la desigualdad estructural y el analfabetismo no son «metáforas gastadas» ni giros lingüísticos; son verdades históricas, materiales y brutales. El escepticismo radical, llevado al extremo, termina siendo funcional al opresor: si ninguna verdad es real, la denuncia de la injusticia pierde su base ontológica.
Como bien lo he señalado en mis clases, sobre el compromiso del intelectual en América Latina:
«La filosofía en nuestra América no puede ser un simple ejercicio de contemplación o un inventario de escepticismos importados; debe ser un compromiso ético-político con la transformación de la realidad y la dignificación de los sujetos históricamente excluidos.»
La verdad debe ser rescatada de la metafísica idealista, pero no para disolverla en el vacío de la post-verdad, sino para situarla en la defensa de la dignidad humana y los derechos de las mayorías.
La Utopía frente a la Intuición Individual.
Nietzsche concluye su ensayo celebrando al «hombre intuitivo», aquel artista o genio que rompe las metáforas comunales para crear sus propias ficciones soberanas en un individualismo aristocrático. Frente a esto, propongo la antítesis: la salida no es el aislamiento del genio, sino la construcción de la ética comunitaria y la utopía democrática.
La filosofía caribeña y latinoamericana, en la estirpe que defiendo, es intrínsecamente dialógica y popular. La «verdad» que importa construir no es la de las élites ni la del individuo aislado, sino una verdad histórica consensuada desde abajo: la verdad de la paz, de la equidad y de la soberanía cultural. La mentira extramoral de Nietzsche se convierte en una peligrosa omisión política al ignorar que los seres humanos sufren en comunidad y, por ende, deben liberarse en comunidad.
Hacia una deconstrucción comprometida.
El diálogo con Friedrich Nietzsche nos deja una lección fundamental para el siglo XXI. Del filósofo de la sospecha debemos heredar la agudeza para desconfiar de los dogmas, de los discursos oficiales y de las verdades que las estructuras de poder nos venden como absolutas.
Sin embargo, para evitar que esa sospecha degenere en la apatía del cinismo contemporáneo, debemos cruzarla con la brújula ética liberadora. La deconstrucción del lenguaje solo tiene sentido si sirve para limpiar el terreno donde se edificará una sociedad más justa. En última instancia, frente a la pregunta de qué es la verdad, el pensamiento crítico latinoamericano responde: la verdad es el compromiso ineludible con la vida y la liberación de los pueblos.
El espejo roto de Colombia: post verdad, relativismo y la pugna por el relato político.
Si Nietzsche despertara en la Colombia de hoy, encontraría el laboratorio perfecto para su teoría del «ejército de metáforas». La realidad política colombiana actual ya no se disputa únicamente en el terreno de las acciones materiales, sino en la guerra encarnizada por el relato. Lo que el filósofo alemán describía como la creación de «verdades» mediante convenciones sociales ficticias es hoy la estrategia cotidiana de los partidos políticos, los grandes medios de comunicación y las bodegas de redes sociales.
En el escenario político actual de Colombia, coexisten y chocan de frente dos grandes construcciones narrativas:
La verdad del orden tradicional: Aquella que durante décadas institucionalizó que la única salida al conflicto era la vía militar, que la desigualdad es un costo colateral inevitable del desarrollo económico y que cualquier intento de reforma estructural es un salto al abismo. Para el poder establecido, estas metáforas eran «la verdad» incuestionable.
La verdad del cambio social: Una narrativa alternativa que busca visibilizar las verdades históricamente sepultadas: el racismo estructural, el abandono estatal del campo (incluido nuestro Caribe colombiano) y la urgencia de una justicia ambiental.
El peligro del escepticismo nietzscheano en la Colombia de hoy.
Aquí es donde la advertencia señalada adquiere una vigencia escalofriante. En la Colombia actual, la estrategia del poder ya no es solo imponer una verdad única, sino dinamitar la idea misma de que la verdad existe. Es el reino de la post-verdad. Cuando se denuncian escándalos de corrupción, masacres, despojo de tierras o violaciones de derechos humanos, la respuesta inmediata de los aparatos de manipulación digital es: «Esa es solo tu interpretación», «Todos los políticos son iguales», «Cada quien tiene su verdad».
Este relativismo radical, que Nietzsche teorizó en un sentido extramoral, es utilizado hoy en Colombia con un sentido profundamente inmoral y político. Si todo es una interpretación, si la verdad histórica de las víctimas del conflicto armado se reduce a un «relato más» en el mercado de las opiniones, entonces la impunidad triunfa y el statu quo se perpetúa. El cinismo ciudadano se convierte en el mejor aliado de la injusticia.
Descolonizar el relato y materializar la paz.
Frente a esta fragmentación nihilista, nuestro pensamiento ofrece un cable a tierra ético. Para el filósofo de la liberación, la respuesta a las mentiras del poder no es el escepticismo ciudadano que dice «no creo en nada», sino la reivindicación comprometida de la realidad material.
«Frente a la espectacularización de la política y el engaño mediático que adormece a las masas, la filosofía y la educación pública tienen el deber de devolverle al pueblo la conciencia de su propia realidad. El hambre, la falta de oportunidades en nuestras regiones y el clamor de paz de los territorios no son narrativas estéticas; son urgencias ontológicas que exigen una respuesta ética.»
Adaptación de mi tesis sobre el pensamiento crítico regional.
La política actual en Colombia necesita pasar por una descolonización del pensamiento. Esto implica que las comunidades (los jóvenes, los líderes sociales, el campesinado caribeño) dejen de consumir las «verdades importadas» o los libretos diseñados por las oligarquías mediáticas y comiencen a articular su propia verdad histórica.
La paz en Colombia, bajo esta óptica, no es un documento firmado ni una metáfora jurídica abstracta; es una verdad que se construye cuando se transforma la base material de los territorios. Mientras la verdad de Nietzsche es un juego del lenguaje que aísla al individuo, la verdad de Arteta Ripoll para la Colombia de hoy es una fuerza colectiva que cohesiona, moviliza y devuelve la esperanza en la utopía democrática.
Barranquilla, 4 de julio de 2026.
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