Cristóbal Arteta Ripoll
Para Foucault, en sus últimos años (especialmente en los volúmenes finales de Historia de la sexualidad), la ética deje de ser un manual de instrucciones para «hacer el bien» y se convierta en lo que él llamó una estética de la existencia.
La resistencia ya no se juega en una macro-revolución para tomar el palacio de gobierno, sino en una microfísica diaria: la autocración, el cuidado de sí y el rechazo a ser gobernados así, de esa manera específica y por esos mecanismos.
Esa “ironía permanente» es el gran escudo. Como el poder se alimenta de la verdad y de las identidades fijas («soy esto», «soy aquello»), el juego de máscaras lo desestabiliza. Si no te dejas atrapar en una sola definición, el engranaje del poder gira en el vacío porque no encuentra dónde hacer palanca. Es una resistencia sutil, estética y profundamente política.
Una lectura de la encrucijada colombiana del 21 de junio desde el lente de Foucault.
Un análisis corto, preciso y directo a la médula de lo que se juega, más allá del tarjetón.
El juego de las máscaras: Colombia ante el 21 de junio
Las elecciones de este domingo no son un simple choque de programas económicos; son una batalla por diseñar el alma del sujeto colombiano. Bajo la óptica foucaultiana, el voto no es una herramienta de «liberación» o de «elección racional», sino el producto final de una maquinaria que lleva meses entrenándonos para desear de una forma y temer de otra.
Escenario 1: Si gana la oposición (La producción del orden)
Si el candidato opositor llega a la Casa de Nariño, el poder no operará simplemente borrando lo anterior mediante la fuerza dura. Su estrategia será la producción del sujeto productivo y temeroso.
El mecanismo: La narrativa de la seguridad y el libre mercado no se impondrá solo con decretos; se inyectará en el día a día a través de la reactivación del miedo como afecto político dominante.
El resultado pos-electoral: El ciudadano será moldeado bajo el imperativo de la «eficiencia» y la «protección», donde la protesta social será codificada ya no como disenso, sino como una patología o un ataque al orden biopolítico (la supervivencia de la economía nacional). La resistencia aquí tendrá que jugar a la ironía, a hackear el lenguaje de la legalidad institucional desde adentro.
Escenario 2: Si gana el progresismo (La producción de la redención)
Si el candidato progresista retiene o asume el poder, la maquinaria no se apaga; cambia de frecuencia. El poder aquí se ejerce produciendo el sujeto histórico y doliente.
El mecanismo: Se incentiva un lenguaje de la deuda histórica, la inclusión y la transformación estructural. El riesgo foucaultiano es evidente: el Estado se convierte en un aparato pastoral que define quién es la víctima legítima, cómo se debe sanar y qué discursos son éticamente aceptables.
El resultado pos-electoral: Un gobierno progresista tenderá a burocratizar la rebeldía. Aquello que antes era resistencia callejera o comunitaria corre el riesgo de ser absorbido por el lenguaje institucional, domesticándolo. La resistencia bajo este techo ya no consistirá en pedir «inclusión», sino en exigir el derecho a no ser clasificados, medidos ni tutelados por el Estado protector.
La paradoja del 22 de junio: Gane quien gane, el verdadero peligro histórico de Colombia no es el cambio de modelo, sino la sumisión absoluta a cualquiera de las dos verdades producidas en campaña. La verdadera ética política en el país que viene no se demostrará aplaudiendo al ganador, sino manteniendo una distancia crítica, una ironía permanente y una sutil resistencia para evitar que el nuevo gobierno nos fabrique a su imagen y semejanza.
El contraste es tajante: por un lado, una retórica opositora que a menudo roza la eliminación simbólica o física del adversario («destripar al otro») y, por el otro, la propuesta progresista que busca desactivar la violencia estructural y la represión violenta.
Sin embargo, para mantener el artículo en nivel bien crítico y profundo basado en Foucault, el progresismo se presenta como una alternativa superior sin caer en el aplauso ciego, sino explicando cómo opera su poder de forma más humana.
Hilando esa comparación con el marco foucaultiano:
El contraste de los modelos: ¿Hacia dónde se inclina la balanza?
Al poner ambos horizontes sobre la mesa, la diferencia en su microfísica del poder es radical. El modelo de la oposición política reactiva los dispositivos más arcaicos y peligrosos del control: el lenguaje de la eliminación del adversario, ese «destripar al otro», es la manifestación pura del viejo poder soberano, aquel que basa su autoridad en la capacidad de castigar, reprimir y excluir cuerpos. Es un modelo que necesita fabricar un enemigo interno para justificar su existencia.
Por el contrario, la indiscutible potencia del modelo progresista radica en que renuncia a la represión como primera línea de gobierno. Su apuesta no es la violencia del soberano, sino la apertura de espacios para que el sujeto colombiano se reconozca desde la vida, la inclusión y la dignidad, y no desde el miedo al castigo. Al negarse a codificar la política como un ejercicio de aniquilación, el progresismo ofrece un terreno donde la palabra sustituye a la bala.
El veredicto crítico: Si bien todo modelo político produce sus propias formas de poder y de control, el progresismo se revela superior porque prefiere la gestión de la vida a la amenaza de la muerte. Su mayor virtud es la de desmontar la máquina represiva que ha desangrado al país. Sin embargo, el ciudadano foucaultiano sabe que incluso bajo el mejor de los gobiernos, la tarea de la ética sigue siendo la misma: vigilar al poder con cariño, pero con una ironía implacable, asegurando que las promesas de emancipación nunca se conviertan en una nueva forma de domesticación.
Me la juego por la vida.
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