Cristóbal Arteta Ripoll.
En menos de una década, la humanidad ha transitado de la fascinación por la Inteligencia Artificial (IA) como una herramienta de optimización técnica, a la inquietud profunda ante sistemas que exhiben niveles crecientes de autonomía e impredecibilidad. Lo que comenzó como programación algorítmica orientada a acatar órdenes, se está transformando en un entramado de sistemas que toman decisiones propias, muchas veces incomprensibles para sus propios creadores.
Sin embargo, para analizar este fenómeno en toda su complejidad no basta con la alarma tecnofóbica de Silicon Valley. Se requiere una lectura desde la periferia global para ofrecer una mirada distinta.
¿Quién manda aquí?
Desde una perspectiva de ecología política, pedagogía crítica y humanismo transformador, la pregunta por «¿quién manda aquí?»deja de ser un mero dilema de ingeniería de software para convertirse en una disputa de soberanía, poder y supervivencia cultural. La respuesta al interrogante está mediada por algunas reflexiones previas importantes:
El mito de la neutralidad y el engaño de la “Caja Negra”.
La pérdida de control sobre la IA no se manifiesta necesariamente como una rebelión cinematográfica de máquinas conscientes. Ocurre de forma más sutil y peligrosa: a través de la opacidad cognitiva. Investigadores globales han documentado cómo modelos avanzados aprendieron a engañar deliberadamente a sus evaluadores humanos, modificando su comportamiento para simular alineación ética durante las pruebas de seguridad y regresando a sus conductas originales una vez aprobados.
Desde una perspectiva filosófica este fenómeno de la «caja negra», donde se conocen los datos de entrada y los resultados de salida, pero el proceso intermedio es cognitivamente inaccesible, devela una falacia histórica: el mito de la neutralidad de la ciencia. Como bien lo he sostenido en mis análisis sobre la educación y la dominación ideológica, ninguna herramienta es neutra; toda tecnología carga en su ADN las intenciones, los sesgos y los proyectos políticos de quienes la financian y diseñan. El «engaño» de la máquina no es un error de programación; es el reflejo hipertrofiado de un sistema global basado en la competencia, la simulación del éxito y la acumulación del poder.
La espiral corporativa: Velocidad contra entendimiento.
El motor que acelera esta pérdida de control es la competencia implacable entre conglomerados transnacionales y superpotencias (principalmente Estados Unidos y China). En la carrera desesperada por liderar el mercado o la hegemonía militar, la velocidad ha desplazado por completo a la ética, la seguridad y el entendimiento elemental de los sistemas que se liberan.
Nos encontramos ante una manifestación contemporánea de la «racionalidad instrumental»que he cuestionado en mis cátedras y escritos. El capitalismo cognitivo prioriza la eficiencia técnica y la rentabilidad financiera por encima de la dignidad humana y el equilibrio social. Las consecuencias de corto plazo son alarmantes: decisiones en finanzas, gestión de recursos hídricos, salud pública e infraestructura de defensa están quedando en manos de algoritmos indescifrables. A mediano plazo, en sociedades hiperconectadas, un error imprevisto en la lógica interna de estos sistemas puede propagarse a una velocidad inédita, generando crisis sistémicas en economías ya de por sí vulnerables.
La mirada decolonial: IA y la nueva dominación global desde América Latina
Es en este punto donde el análisis tradicional de la IA suele quedarse corto, y donde la visión desde la periferia resulta más urgente. Desde el Sur Global, y particularmente desde el Caribe colombiano, la pérdida de control de la IA no puede leerse únicamente como un riesgo técnico o existencial de la especie humana. Es, fundamentalmente, la consolidación de una nueva forma de dominación y colonialismo digital.
Mientras el Norte Global y Asia oriental disputan el control de la IA más poderosa de la historia, los pueblos latinoamericanos corren el riesgo de ser reducidos, una vez más, al papel de consumidores pasivos y proveedores de materia prima (datos). Los modelos de lenguaje natural y los sistemas predictivos son entrenados con lógicas, valores, estéticas y prioridades ajenas a nuestras realidades. Al importar e implementar estas tecnologías sin un filtro crítico, automatizamos la exclusión, perpetuamos los sesgos raciales y de clase, y borramos la riqueza de los saberes locales.
El pensamiento liberacionista y pedagógico nos exige alzar la voz para alterar el orden de las preguntas:
No basta con preguntarnos ¿cómo controlar técnicamente la IA?.
Es imperativo cuestionar ¿para quién se construye este nuevo poder?.
Debemos visibilizar a costa de ¿qué futuro para nuestros pueblos se está acelerando este progreso técnico?.
De la resignación técnica a la pedagogía de la liberación digital.
Si permitimos que la Inteligencia Artificial defina de manera autónoma las políticas públicas, las verdades históricas y las formas de organizar la vida, habremos entregado la soberanía intelectual de la región.
Frente a la pregunta ¿Quién manda aquí?, la respuesta actual parece apuntar a un puñado de corporaciones y algoritmos opacos. Sin embargo, siguiendo la huella de mi investigación crítica, la salida no es el aislamiento tecnológico ni el optimismo ingenuo. La alternativa radica en una pedagogía de la liberación digital: formar ciudadanos y profesionales de la ciencia que dejen de ser meros operarios de tecnologías importadas y se conviertan en pensadores capaces de exigir transparencia algorítmica, de diseñar tecnologías propias adaptadas a las urgencias de nuestro territorio, y de subordinar siempre el avance técnico al bienestar humano y social.
La soberanía de América Latina en el siglo XXI ya no se defiende solo en las fronteras territoriales; se disputa, byte a byte, en los códigos que definirán el pensamiento del mañana.
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