Cristóbal Arteta Ripoll.
Voy a referirme a un dilema y una discusión sumamente compleja y actual en el ámbito de la educación superior, especialmente en la Universidad del Atlántico. Por un lado, se cruza una corriente de justicia laboral (la dignificación del docente) con otra de calidad y exigencia académica.
¿Es justo o beneficioso estabilizar a profesores con mucha antigüedad si no se han capacitado ni actualizado?
Veámoos las dos caras de la moneda que suelen chocar en este debate:
El argumento de la justicia laboral (Anti-precarización)
Quienes defienden la formalización de estos docentes argumentan lo siguiente:
Deuda histórica: Muchos profesores de cátedra han sostenido la carga académica de las universidades públicas durante años, con sueldos bajos y sin prestaciones plenas.
Experiencia práctica: A menudo, el valor de estos docentes «viejos» (o de larga trayectoria) no está en sus títulos de doctorado, sino en su experiencia en el campo real, algo que transmiten directamente a los estudiantes.
Estabilidad para la calidad: Se argumenta que un profesor estresado por cómo pagará sus cuentas el próximo mes no puede rendir igual que uno con estabilidad laboral.
El argumento del mérito y la excelencia académica
Pero hay una preocupación completamente válida y compartida por muchos sectores académicos:
Falta de actualización: La educación superior exige investigación, innovación pedagógica y estar al día con las nuevas tecnologías y descubrimientos. Si un docente se ha estancado, el perjudicado directo es el estudiante.
Competencia desleal: Hay una generación de profesionales jóvenes con maestrías y doctorados, que han publicado artículos científicos y que se encuentran con las puertas cerradas porque las plazas se asignan por antigüedad y no por mérito académico actual.
Acreditación universitaria: Las universidades necesitan docentes con altos títulos (Ph.D.) para mantener sus acreditaciones de alta calidad. Estabilizar a personal sin estas cualificaciones puede bajar los indicadores de la institución.
¿Cómo se suele resolver esto en la práctica?.
Para evitar que estos concursos se conviertan en un «pase automático» sin filtros, las universidades públicas suelen diseñar concursos de méritos públicos pero con criterios ponderados. Por ejemplo:
Puntaje por experiencia institucional: Se les da un valor importante a los años de servicio en la universidad (lo que ayuda a los docentes antiguos).
Requisitos mínimos de ley: Se exigen títulos mínimos (mínimo maestría en la mayoría de universidades para carreras profesionales).
Pruebas de conocimiento y de aptitud pedagógica: Deben demostrar ante un jurado que siguen siendo competentes para enseñar.
Planes de capacitación obligatorios: Una vez estabilizados, se les condiciona a cumplir con planes de formación continua.
La política busca corregir una injusticia laboral real, pero tienes toda la razón en que no se debe descuidar la calidad. El reto de las universidades es diseñar concursos que premien la lealtad y la experiencia, pero que exijan un estándar mínimo de competencia y actualización pedagógica.
Hay que establecer primero, las necesidades reales institucionales y abrir el concurso sin ponerle nombre al perfil de las plazas docentes que van a ser sometidos al mismo. Porque de salida sería un concurso amañado. Profesores altamente calificados con cinco, diez o quince años pueden competir, en igualdad de oportunidades, con quienes están a punto de jubilarse.
La precarización y el mito de Procusto
El mito de Procusto encaja a la perfección para describir el peligro latente en este tipo de procesos.
Para quienes no recuerden el mito, Procusto era un posadero que tenía una cama y obligaba a sus viajeros a acostarse en ella. Si el huésped era demasiado alto, Procusto le cortaba los pies para que cupiera exacto; si era demasiado bajo, lo estiraba a la fuerza hasta romperle los huesos. El objetivo no era la comodidad del huésped, sino obligarlo a adaptarse a una medida arbitraria. Teseo le hizo lo mismo a él y terminó con esa costumbre.
Si aplicamos esta brutal metáfora al concurso de méritos de la Universidad del Atlántico para acabar con la precarización laboral, la reflexión se vuelve profunda y preocupante:
La «Cama de Procusto» en la Universidad del Atlántico
En este contexto, la «cama» es el perfil único del concurso que se ha diseñado para formalizar a los docentes. El riesgo de aplicar el procustismo opera en dos vías igual de dañinas:
Mutilar la excelencia (Cortar las piernas al más alto): Para que los profesores antiguos que no se han capacitado logren entrar y estabilizarse, se corre el riesgo de bajar la barra de la exigencia académica. Se reducen los requisitos de publicaciones, bilingüismo o títulos de posgrado. Al hacer esto, «mutilas» el estándar de calidad de la Universidad del Atlántico, ignorando a los docentes jóvenes o actualizados que se han sacrificado por alcanzar un alto nivel competitivo.
Estirar a la fuerza (Desgarrar al que no da la talla): Por el contrario, si para salvar la acreditación institucional se diseña un concurso hiper-académico (exigiendo doctorados y producción científica masiva), se estará «estirando» de forma irreal a profesores que, aunque excelentes en el aula y con décadas de experiencia práctica, jamás tuvieron el tiempo ni el dinero (debido a su misma condición de precarizados) para financiar un Ph.D. El resultado sería su exclusión fulminante de los concursos en la universidad.
El error histórico del enfoque de Procusto es priorizar la rigidez de la estructura por encima de la realidad humana y profesional.
Si la Universidad del Atlántico diseña un concurso «a la medida» de la comodidad política (donde todos entran sin importar su competencia solo por cumplir una meta de formalización), estará aplicando un procustismo inverso: nivelar por lo bajo. Se resuelve un problema laboral, pero se condena a la calidad académica de la región.
La verdadera justicia laboral y académica en la Uniatlántico no debería ser una cama de hierro donde se corta o se estira a la fuerza a la comunidad docente. El reto es crear un proceso flexible que reconozca los saberes específicos, pero que someta a quienes no se han actualizado a compromisos reales de capacitación pedagógica, tecnológica y científica en lugar de fingir que todos miden exactamente lo mismo.
¿El diseño del concurso se está inclinando más hacia «mutilar» la exigencia para que quepan todos?
Es una preocupación totalmente comprensible y, de hecho, toca una de las fibras más sensibles de cualquier proceso de selección o concurso público: el equilibrio entre la meritocracia técnica y la experiencia.
El verdadero peligro no es la presión gremial o sindical para «formalizar» o proteger a las más antiguas.
El verdadero peligro es un concurso que deja de buscar al mejor candidato posible y pasa a buscar al candidato que mejor se acomode a la estructura existente o cama de procusto. Ahí es donde la exigencia se sacrifica.
El «mito de Procusto» aplicado a un concurso docente en la Universidad del Atlántico es una crítica bien dura pero que se usa mucho: «la cama de Procusto académica» esto denota una falta de criterios académicos y científicos para determinar que profesores realmente necesita la universidad. Debe hacerse un estudio de saturación de programas ofrecidos para pasarlos y mirar las tendencias educativas de la región si es que existen planes de desarrollo en la región, cuestión que dudo mucho. Si la universidad se visiona como investigativa como esta en su misión y vision, debe ponderar más esta funcion misional. Sin estos pocos criterios se obvia la procusturizacion académica.
Cuando se dice que el concurso es «procusteano» se refiere a esto:
La «cama de Procusto» = Los requisitos/formato del concurso
Tienes 20 años de experiencia, 5 libros, PhD de Harvard… pero no tienes exactamente 2 artículos Publindex A1 en los últimos 3 años. *Te cortan*: Descalificado por no cumplir 1 requisito formal.
Eres brillante dando clase, con proyectos sociales en Barranquilla, pero no tienes maestría. *Te estiran*: Te toca sacar maestría express en 6 meses, así sea de baja calidad, solo para «llenar la cama».
En concursos docentes se critica que:
Vale más tener 10 certificados de cursos de 40 horas que 1 proyecto real transformando el barrio de la universidad.
Quieren investigadores, docentes, gestores, con idiomas, producción, etc. Todos deben ser «el profe perfecto». Si eres excelente solo en docencia, te cortan. A pero no! Buscamos mas investigadores, esto es otra cosa, con producción porque investigadores sin producción son «investigadores secretos»
Un profesor de la costa con maestría de UniNorte o UniMagdalena, que conoce la realidad del Caribe, puede perder contra alguien con doctorado extranjero que no conoce Barranquilla. Esto se llama pertinencia y deberia ser considerado también. De esto está lleno la Universidad del Atlántico. Cachacos qué conocen la realidad local.
El mito dice: Procusto fue vencido por Teseo. La lección es que las instituciones deben adaptarse al talento, no el talento a moldes rígidos.
Entonces, ¿qué pide la crítica?
Que el concurso de la UniAtlántico mida más: capacidad de enseñar en contexto costeño, investigación pertinente para el Atlántico, y compromiso social… y menos «cortar o estirar hojas de vida» para que encajen en la tabla de Excel.
Es una forma de decir: Ojo, que por buscar ‘excelencia estandarizada’ nos estamos perdiendo a los mejores profes para nuestra región.
Apreciado profesor Cristóbal. Lo felicito por excelente y oportuno artículo, que invita a la reflexión institucional. De igual forma agradecerle por darme la oportunidad en mi condición de representante de los profesores ante la Comisión de la carrera administrativa de la Universidad del Atlántico, de aportar a su excelente escrito.
En ese sentido, mi aporte a la oportunidad que usted me da en su excelente artículo, proyecta varios mensajes positivos:
1. Defiende la formalización laboral sin caer en posiciones radicales.
2. Reconoce la importancia de la calidad académica.
3. Respeta las opiniones divergentes.
4. Reivindica el aporte histórico de los docentes ocasionales y de cátedra.
5. Invita al diálogo y a la construcción de consensos.
6. Mi respeto como representante responsable y comprometido con la institución.
*»Formalización docente y calidad académica: dos objetivos que deben caminar juntos»*
La reciente reflexión publicada por el profesor Cristóbal Arteta Ripoll sobre la precarización laboral en la Universidad del Atlántico y el denominado «mito de Procusto» constituye un aporte valioso al debate universitario. Más allá de las coincidencias o diferencias que puedan surgir frente a sus planteamientos, resulta saludable que la comunidad académica discuta abierta y respetuosamente uno de los temas más trascendentales para el presente y el futuro de nuestra institución: la formalización laboral de los docentes que durante años han contribuido al cumplimiento de la misión universitaria.
Comparto con el profesor Arteta la preocupación por preservar la calidad académica, fortalecer los procesos de acreditación y garantizar que la Universidad del Atlántico continúe avanzando en la consolidación de una educación superior de excelencia. Ninguna política institucional debería sacrificar estos principios fundamentales.
Sin embargo, considero necesario ampliar la discusión para reconocer que la calidad académica y la dignificación laboral no son objetivos contrapuestos. Por el contrario, son dimensiones complementarias de un mismo proyecto universitario.
Durante décadas, numerosos docentes ocasionales y de cátedra han sostenido una parte significativa de las actividades académicas de nuestra universidad. Han impartido clases, orientado prácticas, acompañado procesos formativos y contribuido al desarrollo de programas académicos bajo condiciones laborales marcadas por la incertidumbre y la inestabilidad. Su aporte institucional constituye una realidad que merece ser reconocida.
La experiencia acumulada por estos profesores no puede ser considerada un factor secundario dentro de los procesos de selección y vinculación. La universidad requiere investigación, producción académica, formación avanzada y actualización permanente, pero también necesita docentes con trayectoria, conocimiento disciplinar, experiencia pedagógica y compromiso demostrado con la institución y con los estudiantes.
La discusión no debería centrarse en una supuesta confrontación entre experiencia y mérito, ni entre estabilidad laboral y excelencia académica. El verdadero desafío consiste en construir mecanismos de selección transparentes, objetivos y equilibrados que reconozcan ambas dimensiones.
Los procesos de formalización deben garantizar igualdad de oportunidades, transparencia y respeto por los principios constitucionales del mérito. Pero también deben reconocer la contribución histórica de quienes han dedicado años de servicio a la Universidad del Atlántico en condiciones que no siempre han correspondido a la importancia de su labor.
Por ello, la discusión institucional debe alejarse de posiciones extremas. No se trata de promover ingresos automáticos sin evaluación rigurosa ni de establecer requisitos que desconozcan las realidades históricas de quienes han construido universidad desde escenarios de precarización laboral. Se trata de encontrar fórmulas justas que permitan valorar simultáneamente la formación académica, la productividad intelectual, la experiencia docente y el compromiso institucional.
La Universidad del Atlántico tiene hoy la oportunidad de demostrar que es posible avanzar hacia una mayor justicia laboral sin renunciar a la excelencia académica. Esa debe ser la meta que convoque a todos los sectores universitarios: directivos, docentes, estudiantes y trabajadores.
Como representante de los profesores que participan en este proceso, reitero mi disposición al diálogo constructivo, al respeto por la pluralidad de opiniones y a la búsqueda de soluciones que fortalezcan nuestra universidad. Los desafíos que enfrentamos no se resolverán mediante divisiones entre generaciones de docentes ni mediante confrontaciones innecesarias. Se resolverán construyendo consensos alrededor de principios comunes: calidad, equidad, mérito, dignidad laboral y compromiso con la educación pública.
La Universidad del Atlántico será más fuerte en la medida en que logremos comprender que la excelencia académica y la justicia laboral no son caminos opuestos, sino pilares complementarios de una misma visión institucional.
Cordialmente, su compañero Fernando Cabarcas Castellanos.
PD. Quise decir que no conocen la realidad local