Cristóbal Arteta Ripoll.
La historia de la filosofía occidental está plagada de malentendidos, pero pocos tan perversos y políticamente rentables como la asimilación de Friedrich Nietzsche al nacionalsocialismo alemán.
Que un pensador que falleció en 1900, tres décadas antes del ascenso de Adolf Hitler, sea catalogado por ciertos sectores de la academia como el «padre espiritual» del Tercer Reich no solo es un anacronismo burdo; es un síntoma de cómo los centros de poder geopolítico manipulan el pensamiento disruptivo para legitimar estructuras de dominación.
Para la periferia latinoamericana, y en específico para la Filosofía de la Liberación, desmontar este mito no es un mero ejercicio de filología europea. Es una necesidad imperativa para rescatar la potencia de la sospecha y transformar la «voluntad» en una herramienta de emancipación, y no de opresión.
El Archivo de la Infamia: Elisabeth Förster y el Laboratorio Colonial.
Para comprender el secuestro ideológico de Nietzsche, hay que rastrear la huella de la traición familiar y su sorprendente vínculo con nuestra propia geografía. Tras el colapso mental del filósofo en 1889, su hermana, Elisabeth Förster-Nietzsche, confiscó su obra inédita.
Elisabeth no era una editora inocente: era una militante del pangermanismo y una antisemita militante. De hecho, antes de consagrarse a la manipulación del legado de su hermano, viajó a Paraguay junto a su esposo, Bernhard Förster, para fundar Nueva Germania, una colonia aria que pretendía «purificar» la raza lejos de la Europa supuestamente contaminada.
América Latina funcionó aquí, una vez más, como el laboratorio colonial de los delirios de la mismidad europea. Tras el fracaso de la colonia paraguaya, Elisabeth regresó a Alemania y descargó su frustración ideológica sobre los manuscritos de su hermano. El libro titulado La voluntad de poder (Der Wille zur Macht) nunca existió como tal; fue un collage de fragmentos recortados, alterados y ordenados por ella para complacer al chovinismo alemán. Décadas más tarde, una anciana Elisabeth entregaría este Nietzsche caricaturizado a Adolf Hitler, escenificando una alianza espuria entre la filosofía y el fusil.
El Nietzsche real, sin embargo, late en el sentido opuesto. En textos que sí publicó, como Más allá del bien y del mal o El Anticristo, el filósofo fustigó con saña el nacionalismo alemán, despreció el antisemitismo (rompiendo su amistad con Richard Wagner por esta razón) y se declaró un «apátrida». El nazismo, en su afán de construir un mito fundacional, cometió el acto supremo de la idolatría: totalizar un pensamiento que era esencialmente fragmentario, nómada y rebelde.
Dos paradigmas de la voluntad: dominación totalitaria vs afirmación vital.
El núcleo de la tergiversación nazi radica en la lectura de la Voluntad de Poder. El Tercer Reich, imbbuido de la racionalidad instrumental de la modernidad occidental, interpretó este concepto bajo la lógica del fetichismo del poder: la voluntad entendida como Voluntad de Dominio.
Para el nazismo, máxima expresión de lo que Enrique Dussel denomina la Totalidad opresora, la voluntad de poder se traduce en la jerarquización biológica, la expansión territorial (Lebensraum), la homogeneización del Estado y la aniquilación del «Otro» (el judío, el disidente, el colonizado). Es una voluntad que se alimenta de la muerte del prójimo para autoafirmarse; una ontología del dominador que necesita esclavizar para sentirse libre.
Sin embargo, cuando releemos a Nietzsche desde la herida colonial de América Latina, la Voluntad de Poder revela una potencia diametralmente opuesta. No es la voluntad de dominar a otros, sino la fuerza de autoafirmarse frente a la opresión. Es la energía vital que se rehúsa a ser domesticada por las morales impuestas.
Desde la Filosofía de la Liberación, la fuerza de los oprimidos no busca la inversión simétrica del poder (convertirse en el nuevo amo), sino la abolición de la estructura de dominación misma. La voluntad del oprimido es, fundamentalmente, una Voluntad de Vida. Mientras la voluntad imperial es necrófila, necesita el exterminio y el saqueo de la periferia para sostenerse, la voluntad de la periferia es la resistencia del ser que se niega a ser reducido a la nada por el egoísmo occidental.
Hacia una transvaloración de la periferia.
Nietzsche proponía la «transvaloración de todos los valores»: la destrucción de los ídolos culturales que niegan la vida bajo el disfraz de verdades absolutas. ¿Y qué ha sido el colonialismo en América Latina sino la imposición de ídolos eurocéntricos, el Progreso, el Mercado, la Raza Superior, que han justificado el genocidio y el epistemicidio de nuestros pueblos?
El pensador alemán invitaba a liberarse de la «moral de esclavos», aquella que nace del resentimiento y que acepta la sumisión como un mandato divino o natural. En el contexto de nuestra América, la verdadera «moral de esclavos» es la mentalidad colonial: el complejo de inferioridad del colonizado que asume el pensamiento del opresor como la única verdad posible.
Por lo tanto, este artículo crítico no puede limitarse a defender la memoria histórica de Nietzsche frente al ultraje nazi. Debe dar un paso al frente y expropiar sus herramientas metodológicas. Si los opresores usaron el nombre de Nietzsche para construir monumentos al horror, a nosotros nos corresponde utilizar el martillo nietzscheano para resquebrajar las estatuas de la colonialidad.
El despertar del Sujeto Histórico.
Reducir a Nietzsche al nazismo es el triunfo de la lectura lineal y dogmática de la historia. El pensamiento del filósofo de la sospecha es un río turbulento que no cabe en los cauces estrechos del totalitarismo fascista.
Para el pensamiento liberacionista latinoamericano, el clamor de la voluntad no es un grito de guerra imperialista, sino el rugido del sujeto histórico que despierta de su letargo. La fuerza de nuestros pueblos no nace del deseo de conquistar continentes, sino de la urgencia de defender la vida, la tierra y la dignidad frente a la hybris del Norte global. Al final, contra toda falsificación histórica, la voluntad de poder del oprimido no es la muerte del otro; es el nacimiento definitivo de sí mismo.
Barranquilla, julio de 2026.
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