MAESTRO DE GENERACIONES.

Heráclito del Caribe 

(…filósofo del cambio, del flujo constante y de los contrarios que se unen).

El doble homenaje brindado en la ciudad de Barranquilla al docente e investigador Cristóbal Elpidio Arteta Ripoll, por un lado, en la Universidad del Atlántico, reconociendo sus méritos editoriales y sus 50 años de vinculación; por el otro, en la Universidad Libre, bajo la solemne distinción de «Maestro de generaciones», no es un hecho fortuito ni un mero protocolo de la burocracia académica. Es un síntoma y, a la vez, una radiografía de la historia intelectual del Caribe colombiano.

Además, el sello editorial de la Universidad del Atlántico, acaba de publicar un libro titulado: Una vida sin supuestos (Cristóbal Arteta Ripoll, medio siglo de disquisiciones académica, históricas y filosóficas), escrito por el docente investigador Carlos Aurelio Higgins Echeverria. Es indiscutiblemente un reconocimiento de primer orden como cultor de las buenas letras.

Para entender la profundidad de estos reconocimientos, es necesario trascender el aplauso de la noche de ayer y analizar críticamente qué significan estos 50 años de resistencia cultural y qué vacío intentan llenar estos homenajes en el panorama de la educación superior de la región.

La paradoja de las cinco décadas: Permanencia frente a la crisis universitaria.

Vincularse durante medio siglo a una institución pública como la Universidad del Atlántico, atravesando sus épocas más oscuras de crisis institucional, financiera y de violencia política, es un acto de coraje que desborda la simple labor docente. Cuando la Universidad del Atlántico homenajea a Arteta Ripoll por sus 50 años, la institución no solo premia a un individuo; está buscando en él su propia memoria histórica.

Arteta representa a esa estirpe de intelectuales que entendieron la cátedra como una trinchera de pensamiento crítico, en tiempos donde pensar diferente en el Caribe costaba la estigmatización o el exilio. Mantenerse vigente, publicando e investigando en medio de la volatilidad administrativa que ha caracterizado a la educación pública de la región, sitúa al profesor Arteta como un puente vivo entre la época dorada del pensamiento humanista caribeño y las nuevas generaciones de cara a los desafíos de la hipe

El mérito editorial: Escribir desde la periferia.

El reconocimiento a sus «méritos editoriales» toca una fibra sensible e histórica: la centralización de la producción intelectual en Colombia. Publicar ciencia social, filosofía e historia desde Barranquilla, y lograr que esa producción tenga eco nacional e internacional, es una labor titánica.

El verdadero mérito editorial en el Caribe no radica en acumular títulos en un anaquel o sumar puntos en los sistemas de medición del Ministerio de Ciencias; radica en haber democratizado el acceso al pensamiento crítico y en haber fundado espacios de debate escrito donde antes solo había silencio.

Arteta Ripoll ha sabido leer que el Caribe no es solo folklore, música y oralidad, frecuentemente exotizados por el centralismo andino, sino también rigor epistemológico, debate historiográfico y profundidad filosófica. Su obra editorial es un mentís a la idea de que la periferia solo provee materia prima para que el centro la teorice.

Maestro de generaciones: El contrapeso a la universidad utilitarista.

Por su parte, el título de «Maestro de generaciones» otorgado por la Universidad Libre introduce el debate más agudo sobre la educación actual. Hoy en día, la academia global vive una alarmante mutación hacia el utilitarismo: las universidades se ven tentadas a convertirse en fábricas de técnicos competentes para el mercado laboral, sacrificando las humanidades, el pensamiento abstracto y la formación ciudadana.

En ese contexto, ¿qué significa ser un «Maestro de generaciones»? Significa ser el contrapeso de esa deriva. Un maestro no es un simple transmisor de información (rol hoy desplazado por los motores de búsqueda y la inteligencia artificial); es quien enseña a dudar de la información. El reconocimiento de la Universidad Libre rescata la figura del intelectual orgánico, aquel que formó a los abogados, sociólogos, educadores y pensadores que hoy dirigen el destino de la región, imprimiéndoles una sensibilidad social y ética de la que carecen los currículos hipertecnologizados de la modernidad tardía.

Una mirada crítica: ¿Homenajes de despedida o faros de relevo?.

A pesar de la justicia y la solemnidad de los actos celebrados en Barranquilla, cabe plantear un interrogante crítico y urgente para el sistema universitario del Caribe: ¿Se están institucionalizando estos homenajes como un ritual de nostalgia por una época de oro que se extingue, o realmente se está sembrando el terreno para el relevo generacional?

La condecoración a Cristóbal Arteta Ripoll debería obligar a las universidades de la región a mirarse al espejo. Es imperativo preguntarse si las actuales condiciones de contratación docente, la obsesión por la burocracia de los indicadores de producción («publicar o morir») y la paulatina pérdida de peso de las cátedras humanísticas permitirán que en 20 o 30 años existan nuevos «Artetas» en las aulas barranquilleras.

Si las universidades celebran al maestro, pero ahogan las condiciones que permiten el nacimiento de nuevos maestros, el homenaje corre el riesgo de convertirse en un acto de hipocresía institucional.

Una institución en sí mismo.

La noche de ayer en Barranquilla no fue solo la celebración de una hoja de vida brillante. Fue la ratificación de que el pensamiento propio en el Caribe colombiano tiene nombres, apellidos e historia. Cristóbal Elpidio Arteta Ripoll ha dejado de ser solo un profesor de la Universidad del Atlántico o de la Universidad Libre para convertirse en una institución en sí mismo. Su mayor mérito editorial no está impreso en papel, sino grabado en la mente crítica de los miles de profesionales que pasaron por sus aulas durante este medio siglo de inquebrantable vocación. 

El desafío ahora queda en manos de las instituciones que lo condecoraron: mantener encendida la llama de la libre sospecha intelectual que él, con terquedad caribeña, defendió durante cincuenta años.

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