La filosofía del siglo XIX
Cristóbal Arteta Ripoll.
A partir de la presente lectura, elabore una inquietud investigativa e ilumínela desde los presupuestos teóricos leídos.
En el siglo diecinueve, la filosofía se bifurcó entre idealistas y materialistas, con figuras como Hegel, Marx y Nietzsche marcando el rumbo. Hegel hablaba de la dialéctica, esa idea de tesis, antítesis y síntesis que mueve la historia. Marx, en cambio, la volteó: el conflicto de clases era el motor real. Nietzsche, bueno… él cuestionó todo, con su superhombre y la muerte de Dios.
Los principales representantes de la filosofía del siglo XIX son varios, pero estos son los más influyentes y que marcaron el rumbo del pensamiento:
• Georg Wilhelm Friedrich Hegel (Alemania, 1770-1831): el rey del idealismo absoluto. Su dialéctica —tesis, antítesis, síntesis— influyó en todo, desde Marx hasta el psicoanálisis.
• Karl Marx (Alemania, 1818-1883): transformó la filosofía en crítica social. Materialismo histórico, lucha de clases… básicamente, el padre del comunismo moderno.
• Friedrich Nietzsche (Alemania, 1844-1900): “Dios ha muerto”, superhombre, voluntad de poder. Rompió con todo lo anterior y abrió la puerta al existencialismo.
• Arthur Schopenhauer (Alemania, 1788-1860): pesimista radical. La vida es sufrimiento porque está impulsada por una “voluntad” ciega. Muy leído por artistas y músicos.
• Søren Kierkegaard (Dinamarca, 1813-1855): el primer existencialista. Fe, angustia, salto al absurdo… todo lo que hoy llamamos “crisis existencial” empieza con él.
• John Stuart Mill (Inglaterra, 1806-1873): utilitarismo refinado, defensor de la libertad individual y los derechos de las mujeres. Muy práctico, muy británico.
• Auguste Comte (Francia, 1798-1857): fundador del positivismo. “Solo lo que se puede medir y observar importa”. La ciencia como nueva religión.
¿Cuál es su actualidad?.
Hoy en día, la filosofía del siglo XIX sigue viva y coleando, aunque ya no como “moda” sino como base de casi todo lo que pensamos. Mira cómo se filtra en la actualidad:
• Hegel: su idea de que la historia avanza por contradicciones (dialéctica) está por todos lados. Desde el feminismo (tesis: patriarcado, antítesis: igualdad, síntesis: algo nuevo) hasta la IA (¿es la tecnología una nueva etapa histórica?). Hasta los memes de “tesis-antítesis-síntesis” son hegelianos sin saberlo.
• Marx: el más vigente, aunque disfrazado. La desigualdad extrema, la precariedad laboral, el “capitalismo de vigilancia” (Zuckerberg te vende tus datos)… todo eso es Marx 2.0. Hasta los críticos del neoliberalismo lo citan sin decir su nombre.
• Nietzsche: el rey del siglo XXI. “Dios ha muerto” se traduce en la crisis de valores: redes sociales, cancel culture, búsqueda de sentido en el vacío. El “superhombre” lo ves en el emprendedor obsesionado con el “hustle”, en el biohacking, en la cultura del “sé tu mejor versión”. Y su crítica al resentimiento explica mucho de la polarización política.
• Schopenhauer: el pesimismo de “la vida es un negocio que no compensa” resuena en la ansiedad millennial, en el burnout, en el “quiet quitting”. Artistas como Radiohead o Lars von Trier lo llevan al cine y la música.
• Kierkegaard: la angustia existencial es el mood de la generación Z. “¿Para qué vivo?”, “¿qué elijo yo realmente?”… eso es puro Kierkegaard. La fe, el absurdo, el salto: lo ves en terapias, en espiritualidad no religiosa, en el “manifesting”.
• Mill y el utilitarismo: sigue siendo el marco ético de la política pública. Vacunas obligatorias, impuestos progresivos, derechos animales… todo se juzga por “mayor felicidad para el mayor número”.
En resumen: el siglo XIX no murió, solo se disfrazó. Hoy no lees a Nietzsche en un libro polvoriento, lo lees en un tuit, en un podcast o en una serie de Netflix. La filosofía ya no es de salón, es de algoritmo.
La filosofía del siglo XIX no está en museos, está en tu feed. Marx en TikTok explicando por qué tu jefe te explota, Nietzsche motivándote en un reel de gym con “¡sé tu propio dios!”, y Kierkegaard en un hilo de Reddit sobre “por qué nada tiene sentido pero igual hay que seguir».
El siglo XIX no se fue, solo se volvió viral. Hegel en el algoritmo, Marx en las huelgas, Nietzsche en tu playlist de Spotify. Y si algún día te da por leerlos, verás que no son “clásicos polvorientos”, sino profetas de lo que ya estamos viviendo.
¿Qué es el derecho?.
El “derecho” en la filosofía del siglo XIX —es decir, cómo estos pensadores trataron el derecho, la justicia, el Estado y la ley—, desde una visión latinoamericana y crítica:
Kant parte de la razón pura: para él, el derecho no depende de Dios ni de la historia, sino de la dignidad humana. Cada persona es un fin en sí misma, así que las leyes deben tratarte como sujeto libre, no como cosa. Su imperativo categórico dice: actúa solo si esa norma valdría para todos, universal. Hegel… él dice que Kant es muy abstracto. El derecho nace del espíritu que evoluciona, y solo en el Estado –con su constitución, familia y sociedad civil– se hace concreto. Libertad no es capricho, es obedecer una ley que tú mismo reconoces como propia.
Hegel veía al Estado como la encarnación de la razón en la tierra. No es un simple aparato, es ético por sí mismo: el lugar donde la libertad individual y la colectiva se funden. Dice que obedecer al Estado no es sumisión, es reconocerte en algo mayor. Claro, eso ha puesto a más de uno a pensar si no roza el totalitarismo… Aunque él insistía en que debía haber una monarquía constitucional, no un déspota cualquiera.
Marx volteó la tortilla con Hegel. Para él, el Estado no es el fin del mundo, es un instrumento de la clase dominante: mientras exista propiedad privada, el Estado será la dictadura del burgués. Su meta era superarlo, pasar a una sociedad sin clases donde… bueno, el Estado se disuelva solo, como un mal sueño. Hegel lo veía divino, Marx lo veía opio del pueblo.
• Hegel: el derecho es la realización de la libertad en el mundo real. Para él, el Estado es la encarnación del Espíritu Absoluto —la ley no es arbitraria, sino racional. Pero ojo: su Estado ideal es prusiano, eurocéntrico. Yo lo critico fuerte: en América Latina, ese “derecho” sirvió para justificar la conquista y la esclavitud. Lo releo: el derecho verdadero debe incluir al otro, al indígena, al afro; no ser instrumento de dominación, sino de liberación.
• Marx: el derecho es ideología. La ley burguesa protege la propiedad privada y la explotación —“la igualdad ante la ley” es una mentira cuando el rico compra jueces. Vigencia brutal: hoy, el derecho internacional favorece multinacionales sobre comunidades campesinas. Lo uso para desmontar: no hay justicia sin abolir la propiedad privada que mata.
• Nietzsche: el derecho es voluntad de poder disfrazada. La moral judeocristiana inventó el “derecho natural” para debilitar a los fuertes. Él lo ve como resentimiento: “los débiles hicieron la ley para vengarse”. En Colombia, eso explica la “justicia selectiva” —el pobre va preso, el poderoso se libra—. Mi respuesta: hay que crear un derecho afirmativo, no vengativo; uno que potencie la vida, no la castigue.
• Kierkegaard: el derecho no basta. La ley es externa; la verdadera justicia es subjetiva, un “salto” ético. No hay derecho sin decisión personal. En la paz postconflicto, lo aplico: las leyes de reparación no valen si no hay perdón real, si no hay angustia y compromiso.
• Mill: el utilitarismo del derecho. La ley debe maximizar la felicidad general y proteger la libertad individual. Muy útil para derechos humanos: libertad de expresión, voto femenino… pero lo critico: ¿felicidad para quién? En el Caribe, el “mayor número” suele ser el que manda, no el que sufre.
• Schopenhauer: el derecho es ilusión. La voluntad ciega hace que la ley sea un parche sobre el sufrimiento. No hay justicia verdadera; solo resignación. Lo rechazo: en nuestra región, resignarse es traición.
En síntesis: el siglo XIX nos deja un derecho ambivalente —racional pero colonial, igualitario pero clasista—. Yo lo tomo como punto de partida: descolonizarlo, hacer que sirva al oprimido, no al opresor. El derecho no es fin, es medio para la ética.
¿Cuál es el enfoque de Arteta?.
Cristóbal Elpidio Arteta Ripoll, un colombiano de pura cepa, nacido en 1947, profesor de filosofía en la Universidad del Atlántico y la Libre de Barranquilla. Docente, investigador, autor de libros como “El poder de la ética”, “Hermenéutica, pedagogía y praxeología” o “Dussel y la razón latinoamericana”… todo centrado en ética latinoamericana, liberación, pedagogía crítica, y esa filosofía que no se queda en Europa.
En sus clases y textos tocas la historia de la filosofía —desde los griegos hasta Kant, Hegel, Schleiermacher—, pero tu fuerte es el siglo XX y la nuestra: Dussel, Bolívar, la alteridad, la paz postconflicto. Nada de “siglo XIX puro”, pero sin ellos no hay dialéctica ni ética moderna que valga. Arteta sigue activo. Es ¡un filósofo que no se jubila!
Para Arteta, el siglo XIX no es un capítulo cerrado: es un arsenal vivo para pensar la liberación, la alteridad y la pedagogía en un continente que sigue luchando contra el colonialismo, la desigualdad y la exclusión.
Ve Hegel como un gigante, pero con grietas. Su dialéctica es poderosa —la historia como proceso, el progreso por contradicciones—, pero la usas con pinzas: no para justificar la “razón europea” que aplasta al otro, sino para leer la lucha de clases y la resistencia indígena, afro, campesina. En tus textos, Hegel se “latiniza”: la síntesis no es el Estado prusiano, sino la comunidad en paz, la convivencia postconflicto que propone en Barranquilla.
Marx es su compañero de ruta. No el Marx dogmático de manuales soviéticos, sino el que denuncia la explotación, el que ve al trabajador como sujeto histórico. Lo lee junto a Dussel: el materialismo histórico se vuelve “filosofía de la liberación”, porque en América Latina la alienación no es solo económica, es racial, cultural. Vigencia total: cuando habla de precarización laboral en el Caribe, de la “economía naranja” que explota creativos, está citando a Marx sin nombrarlo.
Nietzsche le llega más por el lado ético que por el estético. El “superhombre” no es el empresario millonario, sino el que resiste la moral de rebaño —la que impone el poder colonial, el machismo, la religión opresora—. Lo usa para criticar el resentimiento que divide: en Colombia, el “odio al otro” que alimenta la guerra. Y su “voluntad de poder” la lee como afirmación vital: yoga, gimnasio, clases a los 78… eso es nietzscheano puro.
Schopenhauer y Kierkegaard los tocas más como advertencia: el pesimismo y la angustia existen, pero no paralizan. Kierkegaard le sirve para hablar de la fe en lo humano, del “salto” hacia la ética latinoamericana; Schopenhauer, para no caer en ilusiones —la vida duele, pero se transforma con praxis.
Mill y Comte los ve como aliados pragmáticos: el utilitarismo te ayuda a medir políticas de paz, educación inclusiva; el positivismo, a exigir ciencia sin eurocentrismo.
En fin: para Arteta, el siglo XIX no es “vigente” porque sea bonito, sino porque es útil. Hegel para entender el conflicto, Marx para combatirlo, Nietzsche para afirmarte, Kierkegaard para no rendirte. Y todo eso lo llevas a la aula, al libro, al reel: filosofía que no se queda en el pasado, sino que camina por el Caribe.
Su enfoque sobre el siglo XIX —y sobre sus grandes nombres— es doble: histórico y crítico. No los lee como reliquias, sino como herramientas para entender y transformar lo que vivimos hoy, especialmente en América Latina.
Hegel: lo ve como el gran arquitecto de la dialéctica, pero con un eurocentrismo que hay que desmontar. Su “fin de la historia” en el Estado prusiano le parece un error colonial; lo reele como proceso abierto, donde la síntesis real es la inclusión del excluido —el indígena, el negro, la mujer— en una historia que aún no termina.
Marx: el más urgente. No como dogma, sino como diagnóstico. La alienación del trabajador, la plusvalía, la ideología… todo eso explica la precariedad que ve en Barranquilla, en el Caribe, en el sur global. Lo cruza con Dussel: no hay liberación sin descolonizar el materialismo. Vigencia absoluta: cada vez que habla de “capitalismo extractivo” o de la “economía de la muerte”, está con Marx.
Nietzsche: lo usa como antídoto al conformismo. No el Nietzsche de la derecha, sino el que grita “¡sé tú mismo!”, el que rechaza la moral de esclavos. En Colombia, eso significa romper con el resentimiento que alimenta la violencia, con la resignación que mata la esperanza. Su “voluntad de poder” la vive en la praxis: enseñar, escribir, moverse… afirmar la vida contra la muerte.
Kierkegaard: el del salto. Le sirve para hablar de la ética como decisión, no como receta. La angustia no es patología, es el precio de la libertad. En un país que ha vivido décadas de guerra, Kierkegaard lo ayuda a decir: “hay que elegir la paz, aunque sea absurda”.
Schopenhauer: lo lee con distancia. El pesimismo es real —la vida duele—, pero no es el final. Lo combato con ética latinoamericana: la voluntad no es ciega, puede ser solidaria.
Mill y Comte: pragmáticos. Mill para la libertad y la justicia social; Comte para exigir conocimiento sin colonialismo. Los usa en pedagogía: ¿cómo educar sin reproducir desigualdad?
En resumen: el siglo XIX no es pasado, es espejo. Refleja lo que falla en nuestra región —la dominación, la explotación— y le da armas para cambiarlo. No los estudia por nostalgia, sino por necesidad.
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